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Tomás Vargas Osorio, introducción de Carlos Arnulfo Arias

 

A Tomás Vargas Osorio, en realidad, no se le ha hecho justicia. La verdad es que muy poca gente  habla de él y a su obra no se la conoce. Fueron cuatro los libros publicados durante su vida y un homenaje de la Gobernación en el que se recopiló su obra incompleta, un decreto de honores, el 1399 de 1941, “por el cual se honra la memoria de un gran escritor santandereano”, cuyo texto no es reproducible dada su pobreza, para no llamarlo de otra manera.

Las páginas de los periódicos en los que trabajó alcanzan a nombrarlo hasta un par de meses luego de su entrada a esa «tierra seca, sin nombre./ Más piadosa que ésta/ que ciñen claros ríos,/ que habitan bellas aves, con albas de ámbar dulce,/ con follajes, con fuentes, con rumores y un aire/ tibio que la besa y aldeas y mujeres/ cantando en los crepúsculos junto a los claros ríos,/ a las verdes colinas, a los valles azules,/ junto a las horas tiernas». Gente como, por ejemplo, Eduardo Carranza, que fue piedracelista igual que él, lo ignora. Quizás el único integrante de este movimiento poético colombiano le hace un verdadero reconocimiento es Carlos Martín, quien escribe un libro encargado por Procultura, que también tiene una difusión mínima, para esbozar su biografía y un tanto de su obra. Y, después, el olvido, la doble muerte, salvo algunos esfuerzos como el que hizo Rymel Serrano, cuando estaba de director de la editorial Unab, con un par de selecciones de textos.

Bautizado como José Erberto Tomás, así consta en la partida 245 de la Parroquia de san Miguel, nace el 20 de octubre de 1908, en Oiba.
El país es gobernado por el general Reyes y avanza lenta, muy lentamente hacia un capitalismo aparentemente moderno, liderado por «una clase de patronos rurales», con una muy incipiente tendencia a industrializarse. Aún están abiertas las heridas de La Guerra de los Mil días y Panamá se ha separado de nuestro territorio. Se avecina la Primera Guerra Mundial, en la que Colombia se declarará neutral. En este ámbito de crisis y de conflictos, en 1917, Tomás Vargas Osorio es llevado al Socorro, donde empieza la escuela primaria y culminará más adelante su bachillerato en el Colegio Universitario.

Lector incansable, Dostoievski, Comte, Stendhal, Tolstoi, Nietzche, Hegel y Marx, son los autores que van formando sus criterios estéticos y filosóficos que, aunados a su gran preocupación por la tierra como modeladora de los hombres y suceptible de ser modelada por ellos, darán como resultado más adelante a una obra profunda, reflexiva, de la que se puede dar cuenta en sus cuatro volúmenes y sus innumerables y aún no rescatados artículos de prensa.

Pero sus lecturas no son sólo de estos autores a los que se ha dado en llamar clásicos, Tomás Vargas Osorio hace, a medida que va trasegando su tiempo, una lectura de sus coterráneos y contemporáneos. Lecturas valorativas y críticas, que se revierten sin conseciones regionalistas, en una escritura desde la misma perspectiva con que se ha adentrado en la literatura universal. De estas da fe un ensayo como La novela en lo que va corrido del siglo actual, donde aborda “treinta  nueve años de novelística nacional – de Jorge Isaacs a José Eustasio Rivera”. Cualquier estudioso de nuestra novela debe hacer un recorrido por este trabajo de Vargas Osorio. Este año, por ejemplo, en que con bombos y platillos se conmemoran los 150 años del natalicio de Tomás Carrasquilla, hubiese sido interesante que se difundiese la nota que le dedica al autor paisa y que transcribimos en parte: «El mundo novelístico de Tomás Carrasquilla carece de abismales profundidades. (...) En el criollismo el paisaje es el único protagonista, (...) interviene con constante frecuencia, en tanto que al hombre sólo lo vemos actuar esporádicamente y en un plano exterior sin trascendencia alguna.

 

 

 

Es acaso por ello por lo que las novelas de Tomás Carrasquilla, tan admirablemente construídas, no han obtenido sin embargo la universalización que fuera de esperarse en un escritor tan vigoroso. Carrasquilla es el epígono del costumbrismo. Pero es el precursor de la novela colombiana, el Gogol nuestro».

En este mismo ensayo encontramos conceptos muy valiosos y vigentes sobre la novela colombiana de comienzos del siglo XX y desde su tiempo hará precisiones sobre la que debe plantearse y que necesariamente desembocará en autores como Zárate Moreno, Zalamea Borda, Gómez Valderrama, Rojas Herazo, Cepeda Samudio y el mismo García Márquez. Creemos que, aunque se corra el riesgo de caer en una cita larga, es conveniente tener en cuenta dos apartes, que indudablemente muestran el punto a donde había llegado y el derrotero que habría de seguir nuestra novelística: «Por primera vez vemos aparecer al hombre -“de carne y hueso”- en “La Vorágine”. No se trata exactamente de una novela sino de un poema épico cuyo motivo es la lucha del hombre contra el llano y la selva.

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El hombre se alza dramáticamente para vencer a la naturaleza. Ya no es esta sola la protagonista. En el combate la psicología del hombre, del nuestro, del que es un poco de nosostros mismos, se revela en toda la intensidad y hondura enseñándonos su capacidad protagónica y trágica. La naturaleza se esfuerza por eclipsar al personaje de carne y hueso. Y de esta lucha porfiada resulta el dramatismo de la obra, su valor humano y estético, su universalidad».

«Ni la novela de costumbres, ni la novela de tesis social  pueden ser todavía la novela colombiana. Tiene que ser esta la novela bárbara que sitúa al hombre en conflicto con la naturaleza exterior y con la suya propia: La Vorágine, Don Segundo Sombra, doña Bárbara. El boga del Magdalena, el colonizador del Quindío y el Carare, el obrero de las explotaciones petrolíferas, el minero patiano, el contrabandista de la costa, son un abundante material novelístico que esta esperando un relator. Hay que dejar de escribir relatos desmayados y descoloridos y lanzarse resueltamente en la vena ancha y turbulenta de la vida americana para escribir nuestra novela bárbara».

A su mirada no escapan la obras de los poetas que lo circundan: Antonio Machado, D’Annunzio, García Lorca, León de Greiff («Hay que intentar la lectura a su obra (...) donde los demás poetas se detienen él sigue adelante»). Nos habla de la “naturaleza y dirección de la poesía moderna”. A diferencia de los otros piedracielistas está más cerca de la Republica Española que de quienes quieren supuestamente salvar a España.

 

 
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Página 2.

 

«¡Ay, Federico García! No más verás a tus gitanos guardarse el sol andaluz en sus pañuelos; ese paisaje tuyo de plata vegetal, de ríos morenos y ferias de seda y oro, vigilado por la sombra de un ángel que juega a las barajas, se ha hecho ya pedazo de tiniebla en tus ojos, cuajo de cristal o hielo. Pero pasarán los hombres arrastrando sus vidas y sus muertes; los bárbaros que hoy hieren a España desaparecerán también y sólo quedará memoria de sus crímenes; pero tus canciones y tus romances serán repetidos por tu España, por la España que los bárbaros quisieron matar en tu muerte. La canción es siempre lo único que se salva; y la canción que lastima la entraña del pueblo como un hijo; la canción tuya, eterna, única. La canción». Así escribe Vargas Osorio ante el gitano, el andaluz, el poeta asesinado en 1936.

A Vargas Osorio se le ha tenido como el autor santanderano, por excelencia, como el adalidad de ese galimatías llamado con pompa fatua santandereanidad, como quien habla del santandereano y nada más. Pero no es sólo esto, si bien es cierto que escribe sobre el paisaje de Santander o sobre sus diferentes paisajes y la relación con sus habitantes, tiene un gran trabajo como narrador, como poeta, como periodista, como ensayista que va más allá de las breñas, estoraques y desfiladeros santandereanos, que tanto asombran a los foráneos, para darnos a conocer a un pensador que se nutre de la cultura occidental, muy al tanto de la cultura y la literatura colombianas sin egolatría por lo nuestro, pero sin rencor ni sentimiento de inferioridad ante el mundo.

«¿Hemos cambiado efectivamente? ¿Cambiaremos? Esencialmente, el colombiano de hoy, de ahora, es exactamente igual al colombiano de mil novecientos. La historia, sin embargo, no es la misma; esta es la historia de 1938, del minuto que se vive, que se va viviendo. Atrás del tiempo nos hemos quedado, ¿en qué región búdica? Y tan sólo la violencia podrá reincorporarnos al mecanismo histórico: por medio de un gran salto, es decir, de un auténtica revolución en lo hondo y verdadero de nuesta humanidad apacible». Sin palabras. Hagamos una reflexión sobre este texto, creo que algo habrá de salir de ello.

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 Su vida transcurrió en un ir y venir de Bogotá a Bucaramanga, con ciertas estaciones en el Socorro. Fundador de periódicos, colaborador de El Tiempo y de Vanguardia Liberal, donde fue director y creó el Suplemento Literario, además de incurrir en política para llegar hasta la Cámara de Representantes por Santander y ejercer la Diputación en este Departamento, veleidad que para fortuna de la literatura dejó de lado, fueron unas cuantas de sus ocupaciones en ese corto lapso de 33 años del Tomás Vargas Osorio que nos dice «soy un hombre con corazón  y  memoria/ y me acuerdo de todo, entre nieblas, como un desterrado/ recuerda el aire de la patria vagamente» y que a continuación se pregunta: «¿He de decir todo esto a los hombres?/ ¿Se lo he de contar?»

Piedracelista o no, su Regreso de la muerte (1939) le basta para colocarse al lado no sólo de los de su generación sino para cumplir con su sentencia: «El poeta ha de servirse forzosamente de elementos materiales, o sea mensurables, como los sonidos y las palabras para componer con ellos la vasija en que ha de vaciar la visión, la sensación auditiva o táctil o la concepción ideológica del mundo».

Volvamos: sólo cuatro libros publicados: Vidas Menores (1937), Huella en el barro (1938), Regreso de la muerte (1939) y La familia de la angustia (1941). Luego de su muerte, “en cumplimiento de lo mandado por la ordenanza número 47 de 1942, expedida por la Asamblea Departamental de Santander, el Ejecutivo dispuso la publicación oficial de las “obras completas” de Tomás Vargas Osorio”, en quien «como un cuervo huyó el deseo/ y sólo quedó sitio para el alma, el 21 de diciembre de 1941, a las seis y media de la tarde, en Bucaramanga.

A ese hombre, «pastor de viento y de nubes», no se le ha hecho justicia y, salvo que se haga un gran esfuerzo ahora, como pintan las cosas por estos pagos, no se le hará y su obra se irá cubriendo de olvido del cual seremos responsables y al cual iremos también. No lo dejemos «solo, perfectamente solo, sin su corazón, sin su memoria». Vayamos a su encuentro en la publicación y lectura de su obra y recordemos que por nuestras viejas calles, las todavía no trazadas como ahora, las que ya no se llaman igual, pero que son las mismas mismas calles que mañana habrán seguramente desaparecido y se llamarán distinto, pero serán las mismas, anduvo un hombre cuyo mayor deseo era el de todos los niños que hemos sido: «saber a dónde iba aquel camino y qué había más allá del bosquecillo de arrayanes».

Desde este refugio del corazón, julio 14 de 2008.

carlosarnulfoarias@hotmail.com

Pie de foto
«Entonces (...) mi lugar favorito era el campanario. Desde los amplios ventanales se veía toda la pequeña ciudad con sus huertos verdes oreándose al sol, con su tenería junto a la quebrada, y más allá, los campos de labranza, pardos, castigados, tristes».

 

 
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La Tercera Orilla
No. 2 Diciembre de 2008

Una publicación del programa deLiteratura modalidad Virtual de la UNAB.

Rector:
Alberto Montoya Puyana

Vicerectora Académica:
Eulalia García Beltrán.

Vicerector Administrativo:
Gilberto Ramírez Valbuena

Coordinadora del programa:
Yaneth Lizarazo Ortega

Directora Unab Virtual:
María Mercedes Ruiz Cediel

Director:
Carlos Arnulfo Arias Mendoza

Ilustraciones y Diseño:
Jose Pablo Serrano Silva

josepablo.serrano@gmail.com

 

 

 

 

 

 

 
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