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El Pacto
Por Carlos Lizcano*

 

Al siguiente día, fueron muy pocos los vecinos que se preguntaron por qué ladraban los perros cuando oyeron el cabalgar calle abajo, a la media noche.  La luctuosa figura del centauro se deslizó por aquellos lugares, cubierta por el sombrero y la capa que lo protegían de la incipiente lluvia en la noche de luna llena. Mi mamá Rosa me contó que esa fue la tarea impuesta a él, para que así lograra salvar su alma de las garras del Maligno.

A las once de la noche entró en las pesebreras, le acarició la testuz a Indio, su caballo de mayor alzada y patas delanteras blancas, que contrastaban con su color zaino. Le colocó las enjalmas y una vieja silla que no utilizaba desde los días de La Pico de Oro. Observó en medio de la oscuridad el brillo en los ojos de la bestia y entonces supo que esa era la mejor elección que podía hacer para ir a su última salida nocturna al centro de la ciudad.

Pensó en cuál de las tres puertas se abriría ante su llamado. Al llegar al cruce con el camino que de Florida va para La Perla, sacó del bolsillo de su abrigo la licorera grabada con las letras DPF y tomó un largo sorbo para tratar de matar el miedo y calentar un poco las tripas. Bajó el ala del sombrero y levantó el cuello del abrigo hasta casi cubrir por completo su barba blanca, con el propósito de no ser reconocido si alguien lo llegaba a ver a esas horas. Fue entonces cuando los perros empezaron a ladrar a medida que él se acercaba al primer lugar impuesto para llevar a cabo la prueba.   

Tal vez fue en esa misma calle, cuando todavía siendo un niño, el negro Vicente le sentenció su destino pocos meses después de la muerte de Don José:

 –Usted va a ser mucho más rico que su papá, niño Davicito.

A él siempre le pareció que aquel antiguo esclavo tenía algo de mago. En los atardeceres salían a caminar por los alrededores de la Cabecera del Llano y el negro desparramaba su mirada cansada hacia el Cerro de Palonegro y le contaba cómo iba a estar el clima de esa noche.

Le gustaban las noches como esa, cuando la lluvia caía fina y las gotas de agua amasaban la tierra y el ambiente de toda la estancia se llenaba con un aroma que servía de somnífero para los habitantes de la pequeña casa de tapia y tejas de barro.

–Mire muy bien todo lo que está a su alrededor, porque cuando mis huesos hayan regresado al sitio de donde vine, todo lo que está viendo será suyo- le dijo Vicente, otra tarde cuando se encontraban sentados en la colina, y el niño sentía cómo el viento le golpeaba sus cachetes rubicundos, mientras oía las profecías del viejo de piel gruesa como cuero de elefante.

 

El recuerdo de ese viento leve y fresco, fue lo que le llevó a decidir que la casa la tenía que construir justo allí, en lo alto de la colina. Le gustaba ver a Manuela, paseándose por la segunda planta de la casa o sentada en su silla imperial en el amplio corredor, desde donde podía ver toda la ciudad y los cerros sobre los cuales se desplomaba el sol al atardecer. La amaba aún más, cuando la descubría con su mirada hecha de esmeraldas y perdida en la lejanía de la Mesa de las Tempestades, recordando la noche en que le pidió que fuera su esposa. 

Algunas veces, Manuela recordaba cuando se había decidido por él y no por el alemán inventor de caminos, que según las malas lenguas, había llegado desde el otro lado del mar con el único afán de poder borrar el pasado que lo perseguía. Recordaba aquel extranjero como si hubiese sido un sueño, con su piel curtida por el sol y los cabellos rojizos como el cobre. Y en realidad, siempre terminaba por pensar lo mismo:

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–¿De qué serviría haber amado a un hombre que le tiene miedo al Diablo?-Se preguntaba al traer a su memoria la noche cuando bailó con él en aquella fiesta en la Casa de Gobierno de El Socorro-Un hombre que pelea contra las flechas envenenadas de los fieros Yariguíes, quienes parecen ser el mismísimo demonio, no debería creer en las habladurías de la gente.

Pero, aunque David era a simple vista mucho menos imponente que el europeo, había sabido conquistarla con su forma de ser y su inteligencia. Sólo una persona como él podría ser capaz de aprovechar un chisme en su contra, para convertirlo en un arma que le significara el respeto de parte de todos sus opositores.

 
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Página 2.

Mi mamá nos contaba que a todos los jornaleros les daba pavor preguntarle si era cierto lo del pacto. Todos lo comentaban en las chicherías y cada quien repetía historias que habían oído de otras bocas. Lo peor de todo era cuando las reuniones se prolongaban hasta bien entrada la noche y entonces, algunos tenían que devolverse a lomo de mula hasta sus casas, y otros a pie, corriendo el riesgo de tener un encuentro indeseado con El Viruñas.

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Una vez, como a eso de las cinco y media de la mañana, encontraron a Isidoro Rojas en un recodo del camino del Cacique. Estaba tirado entre la hojarasca ensopada por sus vómitos. Según él, de un momento a otro la Luna se ocultó y empezó a oír a lo lejos una cabalgadura. La borrachera se le fue espantando a medida que la bestia se acercaba. Sólo podía recordar, que justo al ir a cruzar el puente de la Quebrada de la Iglesia, un hombre inmenso de quien apenas se podía apreciar su silueta, montado sobre un caballo más negro que la noche, se atravesó impidiéndole el paso. En el momento en que la bestia levantó sus patas delanteras para emitir el relincho, sintió cómo la sangre de sus venas se helaba y un pesado bulto caía sobre su pecho.

Dos años después, cuando ya se encontraba trabajando en el trapiche de la Hacienda Bucarica, en un atardecer vio llegar a Don David, quien de vez en cuando se acercaba por allí a supervisar las moliendas de caña. Porque otra de las cosas que le escuché a mi mama Rosa, era que cuando él se acercaba por esos lados, los bueyes trabajaban con el doble de las energías sin llegar a parar en ningún momento su labor; la miel escurría a mares y las noches se hacían mucho más largas para poder engañar a los peones y de esa forma hacer que trabajaran mucho más. El Señor se bajó de la cabalgadura y le entregó las riendas a Isidoro para que acomodara el animal en las pesebreras.

-Buenas tardes, Don David.
-Buenas tardes amigo. ¿Cómo va?

Isidoro sintió la descarga de esa mirada profunda que en un segundo parecía leer en los ojos de su interlocutor toda la historia de su vida. Alcanzó a percibir el ardor que provocaba el revuelo de la sangre en sus mejillas como un niño tímido que se asusta ante alguien que le inspira temor. Sin embargo y con una voz entrecortada respondió la pregunta:

-Regular no más. A veces la vida se pone un poco dura, y ya sabe, apenas se tienen dos brazos para darle de comer a varias bocas. Además, la pobreza es una perra mala que amenaza con morderlo a uno todos los días. 

-Eso puede que sea cierto; pero acá tiene trabajo. Así que trate de encadenar a esa perra para que no lo muerda tanto. Vivir es luchar, mi amigo, siempre ha sido así.

Caminaron el uno al lado del otro sin decirse nada, hasta encontrar la bifurcación que separa los pasos que van hacia la casa, de los que se dirigen al establo. El uno abanicándose con su sombrero inglés de ala ancha y el otro con la cabeza gacha, mirando las puntadas de sus alpargates y recordando el incidente de años atrás en el puente de la quebrada. Al fin se armó de valor y logró escupir las palabras que le atragantaban:

-Dígame, Don David, por vida suya, y claro, con todo el respeto que yo le debo guardar por ser mi patrón…- entonces pensó que lo que iba a preguntar podría llegar a ser el peor error de su vida, sin embargo creyó que probablemente una oportunidad así jamás se le volvería a presentar -¿Es verdad que usted tiene pacto con Lucifer?   

 

Nuevamente los ojos del hacendado se fijaron en la asustadiza mirada del campesino y al observar la congestión de las venas de su cuello no pudo más que volverse a colocar el sombrero para luego ponerse las manos en la cintura en una actitud de inmensa superioridad.

-Es cierto, hombre, muy cierto- Volteó su cabeza a lado y lado para comprobar que nadie los estuviera observando y después colocó su mano en el sudoroso hombro de Isidoro y le susurró al oído:

-Si le interesa entre en el negocio-y  guiñándole un ojo, remató la charla-Tranquilo que yo lo recomiendo.

El hombre de cuerpo bajo pero grueso como un barril de ron, se quedó mirándolo hasta verlo entrar en la casa, después de lo cual tomó su sombrero de jipijapa  y elevó la mirada al cielo para persignarse y pedir perdón por las tentaciones sufridas.

La lluvia se hizo un poco más amenazante cuando se encontraba en cercanías del Club del Comercio. Aplicó el freno, provocando el caracoleo de Indio hasta lograr que se detuviera, fijó su mirada en aquella fachada blanca en donde una tarde de principios de septiembre, se reunieron todos los que supuestamente integraban la lista, que de forma secreta, circulaba entre los más radicales integrantes de la Sociedad Democrática. Miró sus manos temblorosas, que en aquellos días fueron más firmes que nunca y comprendió que ya habían pasado treinta años desde aquella convulsión cuando se cambió el destino de la ciudad.

Congestionado por los recuerdos, tomo otro trago de licor, mientras recordaba la tarde en que por única vez fue aliado del alemán a quién tanto había odiado. Los dos, junto a José María Martínez, acordaron conformar un ejército con sus cien mejores hombres para que hicieran frente a los de La Culebra. El pacto meramente circunstancial para defender los intereses de los comerciantes de la ciudad, se realizó la tarde del nueve en ese mismo sitio, entonces llamado el Club de Soto.

Sólo hasta el día siguiente duró el efecto del veneno ponzoñoso de La Culebra Pico de Oro. El grupo conformado de los artesanos y trabajadores no soportaban más tener que comer las migas que caían de la mesa de sus rivales, tuvieron que poner los pies en polvorosa a la llegada de los refuerzos venidos de Vijagual, Piedecuesta y Florida. 

Aliados sólo por dos días, nada más. Y enemigos toda una vida. Adversarios tanto en los negocios, como en la lucha por una mujer, pero al fin y al cabo, en el momento de hacer pactos por conveniencia hay que aliarse con quien sea, y eso él lo sabía desde hacía mucho tiempo atrás. 

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Dio un espolonazo a la bestia y se dirigió hacía el cruce con la Calle del Volante; teniendo que pasar primero frente a la nueva parroquia a donde tendría que regresar de vuelta, si para su salvación, ninguna de las otras dos puertas se llegaban a abrir.

-Tanta plata que le regalaba a la Iglesia buscando pagar sus pecados, para que igual terminara su esqueleto tudesco al otro lado de la reja de los católicos. - Unas cuantas gotas de sudor se confundieron con las de lluvia que descendían por su rostro, mientras acortaba la distancia con su destino- A todas estas sigue nuestra rivalidad después de tantos años. Él en su tumba de perro millonario y yo por estas calles, buscando recuperar mi alma.    

Los focos incandescentes alumbraban la fachada de la primera estación. Pesanueva, el lugar a donde venían los lunes casi todos los habitantes del sector para pertrecharse de la carne para el consumo de la semana. En ese momento observó la primer señal: una descarga eléctrica nacida en los oscuros nubarrones que se posaban sobre el Cerro de Palonegro, iluminó la ciudad y a los pocos segundos retumbó el estruendo que daba aviso de la tormenta que se avecinaba con la llegada de la media noche.

 
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Fue de los labios del Padre Romero que oyó por primera vez sobre la penitencia que ahora estaba por cumplir. Aquel fue el último Domingo de Ramos en la vida del cura español, se hallaba postrado en su camastro, en los días finales de su sufrimiento.

-Será la única forma en que puedas recuperar tu alma- le dijo con su voz frágil que más parecía un silbido roto que rasgaba su garganta- A su debido tiempo conocerás las señales para que toques en cada una de esas tres puertas. 

La primera vez que lo escuchó hablar, aquella voz era vigorosa e incitante. Fue un domingo de Resurrección en la Parroquia de San Laureano, dos años después de que la capital del Estado Soberano de Santander hubiera sido trasladada para El Socorro, al inicio del Gobierno del General Solón Wilches.

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-Así como su inmensa fe le permitió a la Magdalena poder ver a su Cristo Resucitado; de la misma manera vuestra fe ha de permitiros observar el renacer de esta ciudad, después de una guerra entre hermanos. El Señor en su inmensa bondad ha de permitir la resurrección del anhelo que vive en cada uno de vuestros corazones, y así, poder lograr la reconstrucción de las esperanzas perdidas y que mediante el arrepentimiento de vuestras almas, se logre la reconciliación para localizar el progreso de esta querida ciudad.

Ninguno de los asistentes a la homilía llegaron siquiera a imaginar que el cumplimiento de las penitencias impuestas por el Padre Francisco desde su confesionario, llevarían a la región a convertirse en el mayor productor de café de todos los Estados Soberanos de la Nación y por ende, a la manifestación de un progreso que sólo las posteriores guerras lograron menguar.

- Es mandato divino que vuestros pecados sean indultados mediante la plantación de matas de este grano, que os habrá de redimir de todas vuestras culpas y proporcionará la posibilidad de vivir en comunión, de la forma como nuestro Señor lo pregonó la noche que dio a comer su cuerpo y beber su sangre a cada uno de los discípulos. 

De inmediato, al día siguiente, Don David estuvo muy temprano en la casa cural para hablar con el religioso recién llegado de Pamplona, y que por 20 años había sido testigo del desarrollo de esa provincia, gracias al comercio del grano traído al país desde hacía 150 años por los jesuitas. El Padre Romero le habló de las jugosas ganancias que generaba el negocio y de las rutas de exportación por los caminos de la frontera con Venezuela y la posterior salida hacía el Caribe.

-Pues Padre, esto es diciendo y haciendo-dijo mientras se levantaba de su silla para despedirse haciendo una venía al sacerdote-Desde hoy mismo me pongo a su disposición para lo que a bien mande. Estoy pensando en comprar algunas otras tierritas, usted sabe, las rentas del aguardiente han bajado un poco y hay que tratar de poner el ojo en los buenos negocios antes que vengan otros y nos los arrebaten.

Y lo dijo y de inmediato lo hizo. Pocos días después compró unas tierras a su tía Rita, con las cuales aumentó sus dominios sobre Cabecera del Llano, así como otros terrenos en Guayana, Los Curos y Rionegro. Fue por esos días en que las lenguas zafias se dedicaron a correr el rumor acerca de la procedencia de  los dineros que llenaban las alforjas de Don David.

Mientras tanto, el Padre Romero seguía predicando desde el púlpito y poniendo en su confesionario como penitencia el tener que sembrar cincuenta, cien, doscientas o quinientas matas de café, de acuerdo al grado de compunción de cada uno de los pecadores. En unos pocos años, el Estado Soberano de Santander se había convertido en el productor de más de las dos terceras partes del café que se exportaba en los Estados Unidos de Colombia, ello gracias en gran medida, a la debilidad de la carne ante las tentaciones que día a día nos presenta el Ángel de las Profundidades.   

 

 

Nuevamente los ojos del hacendado se fijaron en la asustadiza mirada del campesino y al observar la congestión de las venas de su cuello no pudo más que volverse a colocar el sombrero para luego ponerse las manos en la cintura en una actitud de inmensa superioridad.

Estando ya en medio del aguacero, descendió del caballo y lo amarró a la ceiba que se encuentra frente a Pesanueva.

Tuvo que sostenerse el sombrero con la mano derecha para evitar que el vendaval se lo arrebatara, mientras corría a guarecerse en el postigo. Justo cuando tomó la aldaba para hacer el primer llamado, oyó el segundo trueno.

Las paredes de la casona ya se veían descascaradas y algunas grietas señalaban el paso del tiempo. Golpeó con fuerza, como se le había mandado a pesar del gran espanto que sentía de pensar que en cualquier momento sería bienvenido. El silbar del viento entre los árboles cercanos a la quebrada, se confundía ya con el sonido de sus aguas que empezaban a hacerse más caudalosas. Tocó por segunda vez, en tanto que los recuerdos le volvían a su mente, no sabía si para atormentarlo o para consolarlo.

Mamá Rosa oyó cómo fue que sucedió aquello, cuando el Señor todavía era un mozo. Él estaba dedicado al comercio de los sombreros de jipijapa con Don Jacobo  D´Acosta, el esposo de su prima. Sacaban la mercancía por Venezuela y la llevaban hasta las islas del Caribe, en donde les daban un muy buen precio, con lo que poco a poco, fueron acumulando un capital. Pero como no hay carrera sin su caída, ni matrimonio sin su pelea, llegó el día en que naufragó el barco en el que habían mandado la mercancía y entonces, perdieron buena parte de las ganancias que habían tenido hasta ese momento. 

Dicen que a Don David le dio tan duro ese golpe, que bajaba hasta la ciudad y se sentaba a tomar aguardiente y a jugar naipe para tratar de matar la desilusión. En una de esas noches, llegó un hombre alto y rubio como una espiga de trigo y pidió que lo dejaran jugar. Cuando ya Don David y el hombre se habían apoderado de toda la plata que se había jugado en la mesa, el forastero de palabras enredadas le propuso al Patrón que jugaran todo en la última partida.

El dueño de la tienda hizo las veces de garitero y repartió las tres cartas a cada uno de los jugadores, dejando de mesa el caballo de copas. Cada uno de los tahúres pidió sólo un cambio, mientras sus ojos se encendían en medio del silencio del corro de curiosos. Don David desechó el cambió, mientras el ladino hacía el trueque de cartas y dejaba ver en su sonrisa el brillo de la dentadura de oro.

Don David empezó arrastrando con el As de copas, asegurando el primer punto. En seguida le devolvió el siete del mismo palo, para lo que recibió por contestación el tres. La cuenta estaba empatada pero desde el momento en que inició la partida, Puyana sabía que él sería el ganador. Pero aquel rictus que se dibujaba bajo su espeso bigote en el momento de ver la sota desafiantemente lanzada para terminar la partida, se convirtió en una mueca de espanto al observar cómo el Rey que segundos antes se encontraba entre sus manos, se había convertido en otra lánguida figura sin ningún valor. Todos los billetes y morrocotas pasaron al lado de la mesa en que se hallaba sentado el desconocido en medio de toda clase de murmuraciones. 

-Me llaman de muchas formas-Contestó el vencedor cuando al salir, alguien le preguntó por su gracia.-Yo sigo esta noche mi camino hacia Bogotá, no sé si usted tenga algún inconveniente en que le haga compañía hasta las afueras de la ciudad, mi patrón-le dijo a su contrincante, mientras se colocaba el sombrerón para ocultar los híspidos cabellos.

-No tiene porque llamarme así, aún no lo he dado trabajo ni creo que lo haga. Además, con lo que se ha ganado esta noche no creo que lo necesite.

-No lo ha hecho, es cierto-Hizo una pausa mientras escupía el pedazo de hoja seca que acababa de arrancar del tabaco que en ese momento encendía y mientras exhalaba la primera bocanada de humo, lo miró fijamente con sus ojos ensangrentados, para sentenciarle: -Pero terminará haciéndolo, se lo aseguro.

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Los dos jinetes echaron a andar sus bestias calle arriba sin volver a intercambiar palabra alguna, uno cabalgando sobre una mula rucia y el forastero en un caballo zaino que después de abandonar las luces de la ciudad, fue aumentando de tamaño poco a poco. Sólo hasta el momento en que Don David fue capaz de salir del sopor provocado por los aguardientes y la inhalación de los efluvios emanados por su acompañante, pudo percatarse del estruendo que provocaban los cascos del animal sobre las piedras del camino.

Al despertar, y voltear a mirar al otro jinete, fue enceguecido por el fulgor de las llamaradas que éste expulsaba por su boca. De inmediato fue arrojado con violencia por su acémila encabritada, para sentir el impacto de los huesos contra un tronco seco. Esa fue la noche, en que dicen que El Patas se le dio a conocer a su Patrón.

Un inmenso alivio sintió en su pecho en el preciso momento en que oyó el tercer estrépito consecutivo provocado por la tormenta. Ya al menos, no tendría que ir hasta las profundidades de El Hades para tener que cumplir con lo pactado aquella lejana noche. Desamarró las riendas de su animal y montó para ir a buscar la segunda puerta, ubicada a una cuadra de ese sitio.

 La cárcel se había trasladado a ese lugar unos años atrás. Inicialmente, estaba ubicada en el segundo piso de la Alcaldía, pero debido a los permanentes amotinamientos que se presentaban en los tiempos de las disputas entre Gólgotas y Draconianos, se tomó la decisión de llevarla cerca del Puente de Charcolargo, donde se hacía fácil aislar a los revoltosos.

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Ya frente a ella, volvió a apearse de su cabalgadura, en espera del primer aviso que se escuchó al poco tiempo. Pasada la guerra de Los Mil Días, eran pocos los reclusos que se hallaban en su interior, así que no eran más de tres guardias los que estaban destinados para su vigilancia, esto le daba a la prisión un aspecto de abandono, que le animó a pensar que también allí nadie acudiría al llamado y así se podría salvar de tener que depender de las oraciones de quienes se quedaban en este mundo para salvarlo del Purgatorio.

Un sábado en la tarde, mientras se tomaba unos aguardientes en la fonda de Crisóstomo, Don Luis Francisco Ogliastri escuchó de boca del dueño del lugar algunas de las historias que los trabajadores llegaban a contar allí acerca de los poderes concedidos a su patrón de parte de Satanás.

-Figúrese que no quiso pagarle a Cecilio Rodríguez media semana de trabajo, dizque porque se la había pasado de holgazán en el cultivo-le comentaba en tanto que secaba el mostrador con su trapo rojo deshilachado-Y así lo hace con todo mundo. A cualquiera es capaz de decirle qué cosas hizo durante toda la semana, como si tuviera el poder de estar en todas partes sin tener que estar en ninguna.

-Hombre, no le haga caso a esas habladurías-le contestó el hombre de facciones finas y delineadas -David ha sabido sacar partido de ese cuento para que todos le tengan respeto y hagan lo que él siempre quiere.

-Pero mi Don, entonces cómo se pueden explicar todas estas cosas que suceden en las haciendas de ese señor. Usted me dirá que no, porque de todos modos es su socio en el negocio de la exportación de café; pero dicen que cada vez que se desaparece por más de quince días es para bajar a las profundidades a recibir consejos de El Putas. Y que Dios me tenga esta lengua quieta para no estar hablando cosas que no he visto, pero eso es lo que dicen los obreros que vienen a tomarse sus aguardientes en estas mesas.-El zambo, con la nariz dilatada por la emoción de lo que estaba contando, colocó el trapo en su hombro para poderse persignar tres veces y terminar besando la cruz formada por sus dedos índice y pulgar, en tanto que su interlocutor dejaba escapar una carcajada que inundaba los rincones de la casa de tapias blancas, a donde empezaban a llegar los primeros clientes del día.

 

 

 

-David se entera de todo, no por esas pendejadas en las que ustedes creen. En realidad, él se la pasa todo el día vigilando a su gente desde el balcón de la casa; desde allí puede ver todos los movimientos por un catalejo que trajo de Curazao hace ya varios años, en los tiempos en que llevaba los sombreros de jipijapa hasta La Habana.

En su corazón sólo existía en ese momento el agradecimiento inmenso al recuerdo del padre Francisco Romero. Era gracias a él que había logrado hacerse rico con el tráfico de café y ahora, muchos años después, estaba a punto de salvar por completo su alma después de cumplir con la penitencia que el cura le había impuesto desde su lecho de moribundo.

Ya se encontraba frente a su última estación. La recién terminada iglesia de La Sagrada Familia, que se había empezado a construir hacía diez años atrás, gracias al compromiso de ochenta comerciantes que vieron la necesidad de crear una parroquia oriental que les quedara más cerca de sus nuevas y lujosas casas, además, todos los domingos después de salir de misa, sólo tenían que dar unos cuantos pasos para pasar toda la tarde en el Club, ya fuera descansando o cerrando los negocios que habían quedado pendientes en el transcurso de la semana.

Él mismo había colaborado con mil pesos para completar los diez mil que cobró Don Eusebio Cadena por la venta de los predios en que finalmente quedó ubicada la nueva iglesia. Descendió nuevamente de su caballo, lo amarró en uno de los árboles de la Plaza Belén y atravesó la calle, haciendo un esfuerzo extra para arrastrar los zamarros, que se habían hecho más pesados con la lluvia. Se quitó el sombrero frente a la puerta y se hizo la cruz lentamente al tiempo que realizaba una piadosa genuflexión en espera de escuchar el atronador aviso celestial, el cual no tardó en aparecer. Empuñó con fuerza su mano derecha y se dispuso a tocar esa última puerta, que de abrirse le significaría la redención de su alma.  

Francisco Ambrosio O´Farrill era como se llamaba realmente el padre de mi abuelo Gregorio. Pero en gratitud con la familia que lo trajo a estas tierras tomó este apellido, el que ahora llevo y que llevaran por el resto de los siglos todos quienes vengan después de mí. Ya la vida se me apaga, como esa pequeña veladora que abriga con su luz esta habitación. Ha bajado bastante agua hacía Girón, desde la noche en que firmé mi promesa, y no me puedo quejar, creo que me cumplió con lo prometido.

Aunque a veces creo que me engañó. Sí, siempre me tuvo engañado. Me hizo pensar que todo esto era de su propiedad, cuando en realidad fui yo quién comercié con el aguardiente en un principio y luego cuando Trina se casó con Jacobo, fue él quién me llevó hasta las islas del Caribe para que trajéramos mercancías. Es un timador, terminé por creerme ese cuento yo también. No hizo nada, todo lo hice yo. Con los sombreros, con el café, en Bucarica, en El Tambor y acá. Siempre fueron mis brazos los que levantaron todo cuanto ahora mis cansados ojos pueden ver.

Cada vez es más mortecina esta luz. La última que puedo ver, porque sé que la próxima que venga con el sol de mañana ya no me encontrará con vida. Anastasio es inteligente, la verdad a mí nunca se me habría ocurrido tal trapacería. Hace no más de una hora que escuché los gemidos del animal. En este momento ya lo debe haber despellejado. Sobre esa silla están mis ropas, las mismas que cubrirán el cuero que me devolverá mi alma para ir a buscar a Manuela. Al fin y al cabo por ella valió la pena andar estos pasos.

Siempre fui justo, tomé sólo lo que era mío y nada más. Me engañó diciéndome una y otra vez que todo cuanto yo conseguía era gracias a su ayuda. Antes que amanezca seré yo quien lo engañe por última vez, igual a como ya lo había hecho Fausto. Que busque en otra parte, que le haga creer a otras personas que él es el dueño de todo cuanto existe y que es él quien lo reparte entre la gente. Yo estoy tranquilo, más no podría estarlo. Sé que va a seguir andando por estos caminos, sembrando la guerra entre todos, acabando con todo, como lo hizo en Palonegro y como lo hizo en los días del siete y del ocho.

Necios nosotros, tan necios que nos hemos matado y nos hemos odiado por darle gusto. Ya está cerca. Espero que Anastasio ya haya colocado el ardid sobre mi cama. Cumplí con mi parte, ahora sólo me queda encontrarme otra vez con Manuela. Sí, con Manuela, ella que ha sido como mi Margarita, con la diferencia que a nosotros dos no pudo separarnos nunca.

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Mamá Rosa conocía muy bien el final de la historia. Nos contaba que sucedió en una noche muy oscura. Desde las tres de la tarde el sol se había ocultado por completo tras unos pesados y grises nubarrones que cubrieron toda la ciudad. Nadie fue capaz de dudarlo: le había llegado la hora a Don David. Los vientos de agosto habían empezado a soplar con una mayor fuerza y varios de los árboles que servían de límite entre la hacienda de La Cabecera del Llano y los solares de las casas de Pueblo Nuevo, se descuajaron y cayeron como si estuvieran hechos de papel.

La voz ya había corrido desde unos días atrás, cuando en la tarde de un martes trece, el señor había arreglado sus cuentas con los de la tierra, dejando todas sus propiedades en manos de uno de sus hijos y de su yerno alemán. Sólo era esperar que llegara el día para conocer de qué forma es que se saldan esas cuentas. Las horas de la noche del jueves y la madrugada del viernes fueron de una terrible tormenta. La gente prefirió cerrar las puertas de las casas como si el fantasma de la guerra hubiese vuelto.

Cuentan que en el momento en que la Quebrada de Charcolargo empezó a crecerse, salió de ella Buziraco. En las Chorreras, los bobos no pudieron llenar los barriles con esas aguas para las gentes que las necesitaban debido al penetrante olor a azufre que tuvieron desde esa noche. Las cadenas que  arrastra y el relinchar del inmenso caballo negro en  que iba montada esa bestia, que Dios la vuelva a guardar algún día en los infiernos, aún se oyen en las noches tormentosas por las cercanías de la hacienda, tal vez buscando todavía poder subyugar el alma del patrón. 

Y lo dice la Palabra: el arrepentimiento es tan poderoso que puede salvar el alma del peor de los pecadores. Y él fue iluminado para poder lavar el error que tantos años atrás cometió al hacer ese pacto con El Innombrable. Se lo contó al viejo Anastasio y él supo como poderlo llevar a cabo. Preparó las más lujosas ropas de su patrón y se dispuso a sacrificar al mejor de todos los chivos.

Don David fue llevado a bien morir a la casita de Anastasio, para que con la ayuda del Señor, pudiese burlar a Belcebú. Allí pasó los últimos tres días con sus noches, hasta esa madrugada de viernes tormentoso. Cuentan que en el momento en que el odiado Ángel del Mal salía de la hacienda con lo que creía que era suyo, se oyeron carcajadas macabras que se confundían con los truenos que caían sobre la ciudad. Se perdió por entre la arboleda y algunos dicen que se volvió a meter en la quebrada, porque es allí donde existe la fisura que comunica a la tierra con El Averno.

*Escritor santandereano

 

Cuando parecía que ya había vuelto la calma, ese engendro volvió a salir de las profundidades. Ya faltaba poco para aclarar, entonces, se empezaron a oír unos terribles bramidos y ahí mismo el viento se volvió a encabritar. El eco de los chiflidos rebotaba contra las montañas y todas las bestias parecían haberse vuelto locas de un momento para otro. Los labriegos que empezaban a levantarse para trabajar, corrieron a buscar dónde poderse esconder para no ser víctimas de semejante furia.

Al volver nuevamente a la habitación mortuoria, Luzbel se dio de cuenta que ya no había remedio, había sido engañado y no se podría llevar una de sus más valiosas piezas. Con furia, arrojó contra la pared el cuerpo del animal que vestía la ropa del que fuera el dueño de todas estas tierras, emitiendo sus efluvios pestilentes que se apoderaron de toda la casa. Sus ojos se enrojecieron como dos tizones en medio de la penumbra, y el sonido de los cascos sobre su pecho sonaban como el cabalgar de cientos de caballos sobre los empedrados.    

Dio un salto de repente y se trepó en el alféizar de una de las ventanas, arrancó con sus siniestras patas delanteras la reja de madera y después de emitir una cantidad de gruñidos que parecía como si el balcón se fuera a derrumbar, saltó hacía el monte, dando una patada al marco de la ventana y dejándolo desportillado con la huella de su casco de engendro infernal.Acá, en la hacienda, lo oímos de cuando en vez llegar en noches de Luna Llena, en la segunda semana del mes de agosto, justo cuando se cumple la fecha en que murió el patrón. Se sienten sus emanaciones sulfurosas, y el caracoleo frente a las pesebreras. Amarra su inmenso caballo negro de seis patas, y después anda por los corredores en busca del alma de aquel hombre, a quien todavía sigue esperando para que regrese a cumplir con lo pactado.

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