Los dos jinetes echaron a andar sus bestias calle arriba sin volver a intercambiar palabra alguna, uno cabalgando sobre una mula rucia y el forastero en un caballo zaino que después de abandonar las luces de la ciudad, fue aumentando de tamaño poco a poco. Sólo hasta el momento en que Don David fue capaz de salir del sopor provocado por los aguardientes y la inhalación de los efluvios emanados por su acompañante, pudo percatarse del estruendo que provocaban los cascos del animal sobre las piedras del camino.
Al despertar, y voltear a mirar al otro jinete, fue enceguecido por el fulgor de las llamaradas que éste expulsaba por su boca. De inmediato fue arrojado con violencia por su acémila encabritada, para sentir el impacto de los huesos contra un tronco seco. Esa fue la noche, en que dicen que El Patas se le dio a conocer a su Patrón.
Un inmenso alivio sintió en su pecho en el preciso momento en que oyó el tercer estrépito consecutivo provocado por la tormenta. Ya al menos, no tendría que ir hasta las profundidades de El Hades para tener que cumplir con lo pactado aquella lejana noche. Desamarró las riendas de su animal y montó para ir a buscar la segunda puerta, ubicada a una cuadra de ese sitio.
La cárcel se había trasladado a ese lugar unos años atrás. Inicialmente, estaba ubicada en el segundo piso de la Alcaldía, pero debido a los permanentes amotinamientos que se presentaban en los tiempos de las disputas entre Gólgotas y Draconianos, se tomó la decisión de llevarla cerca del Puente de Charcolargo, donde se hacía fácil aislar a los revoltosos.

Ya frente a ella, volvió a apearse de su cabalgadura, en espera del primer aviso que se escuchó al poco tiempo. Pasada la guerra de Los Mil Días, eran pocos los reclusos que se hallaban en su interior, así que no eran más de tres guardias los que estaban destinados para su vigilancia, esto le daba a la prisión un aspecto de abandono, que le animó a pensar que también allí nadie acudiría al llamado y así se podría salvar de tener que depender de las oraciones de quienes se quedaban en este mundo para salvarlo del Purgatorio.
Un sábado en la tarde, mientras se tomaba unos aguardientes en la fonda de Crisóstomo, Don Luis Francisco Ogliastri escuchó de boca del dueño del lugar algunas de las historias que los trabajadores llegaban a contar allí acerca de los poderes concedidos a su patrón de parte de Satanás.
-Figúrese que no quiso pagarle a Cecilio Rodríguez media semana de trabajo, dizque porque se la había pasado de holgazán en el cultivo-le comentaba en tanto que secaba el mostrador con su trapo rojo deshilachado-Y así lo hace con todo mundo. A cualquiera es capaz de decirle qué cosas hizo durante toda la semana, como si tuviera el poder de estar en todas partes sin tener que estar en ninguna.
-Hombre, no le haga caso a esas habladurías-le contestó el hombre de facciones finas y delineadas -David ha sabido sacar partido de ese cuento para que todos le tengan respeto y hagan lo que él siempre quiere.
-Pero mi Don, entonces cómo se pueden explicar todas estas cosas que suceden en las haciendas de ese señor. Usted me dirá que no, porque de todos modos es su socio en el negocio de la exportación de café; pero dicen que cada vez que se desaparece por más de quince días es para bajar a las profundidades a recibir consejos de El Putas. Y que Dios me tenga esta lengua quieta para no estar hablando cosas que no he visto, pero eso es lo que dicen los obreros que vienen a tomarse sus aguardientes en estas mesas.-El zambo, con la nariz dilatada por la emoción de lo que estaba contando, colocó el trapo en su hombro para poderse persignar tres veces y terminar besando la cruz formada por sus dedos índice y pulgar, en tanto que su interlocutor dejaba escapar una carcajada que inundaba los rincones de la casa de tapias blancas, a donde empezaban a llegar los primeros clientes del día.
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-David se entera de todo, no por esas pendejadas en las que ustedes creen. En realidad, él se la pasa todo el día vigilando a su gente desde el balcón de la casa; desde allí puede ver todos los movimientos por un catalejo que trajo de Curazao hace ya varios años, en los tiempos en que llevaba los sombreros de jipijapa hasta La Habana.
En su corazón sólo existía en ese momento el agradecimiento inmenso al recuerdo del padre Francisco Romero. Era gracias a él que había logrado hacerse rico con el tráfico de café y ahora, muchos años después, estaba a punto de salvar por completo su alma después de cumplir con la penitencia que el cura le había impuesto desde su lecho de moribundo.
Ya se encontraba frente a su última estación. La recién terminada iglesia de La Sagrada Familia, que se había empezado a construir hacía diez años atrás, gracias al compromiso de ochenta comerciantes que vieron la necesidad de crear una parroquia oriental que les quedara más cerca de sus nuevas y lujosas casas, además, todos los domingos después de salir de misa, sólo tenían que dar unos cuantos pasos para pasar toda la tarde en el Club, ya fuera descansando o cerrando los negocios que habían quedado pendientes en el transcurso de la semana.
Él mismo había colaborado con mil pesos para completar los diez mil que cobró Don Eusebio Cadena por la venta de los predios en que finalmente quedó ubicada la nueva iglesia. Descendió nuevamente de su caballo, lo amarró en uno de los árboles de la Plaza Belén y atravesó la calle, haciendo un esfuerzo extra para arrastrar los zamarros, que se habían hecho más pesados con la lluvia. Se quitó el sombrero frente a la puerta y se hizo la cruz lentamente al tiempo que realizaba una piadosa genuflexión en espera de escuchar el atronador aviso celestial, el cual no tardó en aparecer. Empuñó con fuerza su mano derecha y se dispuso a tocar esa última puerta, que de abrirse le significaría la redención de su alma.
Francisco Ambrosio O´Farrill era como se llamaba realmente el padre de mi abuelo Gregorio. Pero en gratitud con la familia que lo trajo a estas tierras tomó este apellido, el que ahora llevo y que llevaran por el resto de los siglos todos quienes vengan después de mí. Ya la vida se me apaga, como esa pequeña veladora que abriga con su luz esta habitación. Ha bajado bastante agua hacía Girón, desde la noche en que firmé mi promesa, y no me puedo quejar, creo que me cumplió con lo prometido.
Aunque a veces creo que me engañó. Sí, siempre me tuvo engañado. Me hizo pensar que todo esto era de su propiedad, cuando en realidad fui yo quién comercié con el aguardiente en un principio y luego cuando Trina se casó con Jacobo, fue él quién me llevó hasta las islas del Caribe para que trajéramos mercancías. Es un timador, terminé por creerme ese cuento yo también. No hizo nada, todo lo hice yo. Con los sombreros, con el café, en Bucarica, en El Tambor y acá. Siempre fueron mis brazos los que levantaron todo cuanto ahora mis cansados ojos pueden ver.
Cada vez es más mortecina esta luz. La última que puedo ver, porque sé que la próxima que venga con el sol de mañana ya no me encontrará con vida. Anastasio es inteligente, la verdad a mí nunca se me habría ocurrido tal trapacería. Hace no más de una hora que escuché los gemidos del animal. En este momento ya lo debe haber despellejado. Sobre esa silla están mis ropas, las mismas que cubrirán el cuero que me devolverá mi alma para ir a buscar a Manuela. Al fin y al cabo por ella valió la pena andar estos pasos.
Siempre fui justo, tomé sólo lo que era mío y nada más. Me engañó diciéndome una y otra vez que todo cuanto yo conseguía era gracias a su ayuda. Antes que amanezca seré yo quien lo engañe por última vez, igual a como ya lo había hecho Fausto. Que busque en otra parte, que le haga creer a otras personas que él es el dueño de todo cuanto existe y que es él quien lo reparte entre la gente. Yo estoy tranquilo, más no podría estarlo. Sé que va a seguir andando por estos caminos, sembrando la guerra entre todos, acabando con todo, como lo hizo en Palonegro y como lo hizo en los días del siete y del ocho.
Necios nosotros, tan necios que nos hemos matado y nos hemos odiado por darle gusto. Ya está cerca. Espero que Anastasio ya haya colocado el ardid sobre mi cama. Cumplí con mi parte, ahora sólo me queda encontrarme otra vez con Manuela. Sí, con Manuela, ella que ha sido como mi Margarita, con la diferencia que a nosotros dos no pudo separarnos nunca.

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