El cielo volvió a cubrirse de nubes. Dejé de limpiarme los ojos. Ya no había sol, había nada. Se sentaron en una mesa del centro del Café, más próximos a la puerta que los otros.

Uno de ellos daba vueltas al lugar con los ojos, buscaba una revista. Fue a traerla del estante a su derecha y le dio una ojeada. Le mostró algunas cosas a la persona a su lado pero ésta no parecía prestar del todo atención y empezó a charlar de otra cosa. La portadora de la revista permanecía callada, entre ojear y mirar a quien le hablaba.
Luego, el otro, el que hablaba, le tomó las manos y ambos dejaron su antigua ambivalencia para dedicarse a los mimos y a jugar a los peces besucones. Se encerraron tanto en sí mismos que pasaron una hora sin probar los tintos.
Me gusta el café. Es un gusto antes de él y no lo cambiaré ya. Tendría que quemar las tristes cajas donde vivo si quisiera deshacerme de todos sus recuerdos.
Me acerqué un poco más al ventanal cuando empezó a lloviznar para cubrirme bajo el cielorraso. Una de las meseras tras la barra me miró. Pensé que vendría a espantarme pero no lo hizo. Simplemente me miró a los ojos, cual androide que ya dije que era y siguió con su trabajo.
La primera pareja salió. No me di cuenta si pagaron pero supongo que sí o no habrían podido hacerlo. Entraron un par más de parejas más, uno que otro trío y al final, dos personas que parecían bastante enojadas la una con la otra. Les pasaron la carta y ni la miraron, ordenaron enseguida. Un tinto y una cerveza.
Entonces supongo, que aún hoy lo amo, pero ahora se ha ido y es verdad, yo estoy azul.
Volví mis ojos hacia el cielo que parecía marcar la llegada de la noche. Pero no vi el panorama oscuro y al regresar una colcha azul me tapó los ojos. Me parecía una película de aquellas que había visto por allí, una que otra vez. Con él. Ahora todo, todo el fondo oscuro frente a mis párpados, era azul.
Cuando volví a ver la escena a través del ventanal, ella lloraba y él alejaba sus lágrimas con sus dedos morenos. Ella debió estar muy complacida porque lo besó. Tan apasionadamente que le mordió la carne de los labios. Supongo que después se amaron, de la misma forma en que los vi besarse. Siguieron conversando y riendo. Ella lucía cansada. Quizá él propuso marcharse porque salieron presurosos. Ella dejó parte del tinto y él apuró su cerveza. Se fueron juntos, de la mano, envueltos en juegos por la calle sin andén, expuestos a los pitos de los carros.
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De camino contrario a aquellos tontos venía uno de mis amigos. Lo miré a los ojos y me devolvió el gesto. Sin muecas en la cara, pasó de largo.
Quizá una hora. Los dos muchachos de antes volvieron. Los de las lágrimas y el beso sangriento. Ya no venían tan contentos. Ella se veía aún más cansada y él todavía más aburrido. Entraron nuevamente y ordenaron lo mismo de antes, lo mismo de siempre. Ella habló, él habló. Cada uno se tomó a su ritmo lo que ordenó y, sin más, salieron juntos, pero cada uno para su lado. Por supuesto, pagaron primero. Como pronto serían las siete de la noche, las mujeres androide se acercaron a la puerta y dieron la vuelta al letrero que la adorna: cerrado.
Llovizna. Hacia los lados veía las gotas tocar velozmente una tras otra las hojas de los árboles. Si fueran blancas habría nieve. Pero no tenemos nieve. Para el bien de mis pulmones. Más valdría donarlos porque es muy poco lo que me sirven.
Utilicé los cielorrasos, los árboles y cualquier cosa conveniente para cubrirme. Antes no me habría importado, pero ahora no tenía intención alguna de mojarme. Dormí. Encontré mi posición echada con los pies y las manos escondidas, semejante a La Esfinge y me levanté de lado, con los pies encurrunchados y las manos metidas entre mi estómago.
El suelo frío. Un leve estremecimiento me recorrió y decidí darme un baño. El humo de los carros y los zapatos que lanzan piedras y polvo. Empecé por mis pies, levanté la pata y raspé con mi lengua. Luego saqué las uñas de las manos y las limpié una por una. Nunca me gustó tener las unas sucias. Volví a recordarlo cuando percibí un olor parecido a su perfume. Caminé hasta el parque favorito de los dos, donde ofrecen cuentos a voz en cuello las noches de los sábados. Repleto de gente. Y, sin embargo, lo vi, con una muchacha. Reía.
Estoy triste, me hace sentir tan triste. Ahora mi ruego es que mi hombre, la pase tan mal como yo.
No sentí el deseo de rodear con mi cuerpo sus piernas, ni de llamarle desde el suelo para ser tomada en sus brazos y acariciada por sus manos y los besos de su nariz. Quería llorar, pero cuando quiero llorar no lloro. Sólo sonreí de medio lado en la mente. Una lástima, siempre fui una mujer muy sonriente.
Inicié la retirada en medio de la lluvia. Al igual que las personas, que corrieron a esconderse bajo los techos de los edificios cercanos. El cuentero gritó ronco y el público aplaudió, rió, chifló. Fue uno de mis amigos aquel payaso frente a todos. Lo hace bien. Alguien dijo: qué lindo gatito. Levanté una de mis orejas usualmente alicaídas hacia quien habló. Mire esos ojos. Son azules, que lindos. Una muchacha con muchos artefactos en su cuello y muñecas de una niña gato. Me acerqué a ella, me di una vuelta por sus piernas, me tomó en sus brazos y me llenó de besos la nariz azul.

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