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Paola Esteban*

 

La mujer del sombrero

De noche, el cielo se levantaba como lo único y la pista de baile como el él mismo. Y Julia la miró y le hizo un guiño con el rostro y la pelirroja, desde la barra, se acercó a ella, con una bandeja en la mano y con una botella de Ron Negro.
-Dime
-¿A qué hora sales?
-Como en una hora.
La pelirroja miró su reloj de muñeca. Le sonrió a Julia y caminó hasta otra mesa. Vio a Julia apagar su cigarrillo, levantarse y marcharse.
¿A dónde habría ido? Bien era cierto que sus horarios estaban enloqueciendo a la morena. Bien era cierto que apenas si se veían entre semana y que a pesar de que sus estudios iban bien, la distancia y el trabajo de Julia le impedían verse siempre. Como ella hubiera querido. Un siempre que no existía pero que anhelaba.

Una mujer madura, de unos 50 años se quitó su sombrero de copa y se dirigió a la pelirroja.
-Eche aquí su último billete -La pelirroja frunció el ceño mientras sacaba el billete del bolsillo de su minifalda. -La mujer lo echo en el sombrero. -Ponga aquí el último regalo que lleve puesto.

La pelirroja se quitó los aretes que Julia le había dado hacía un mes, como parte de una Gran Charla que se supondría que tendrían esta noche pero que ya no sería.

Alguna otra cosa le dijo la mujer y ella obedeció como por impulso, poniendo la mano sobre el sombrero y pensando en Julia.
La mujer sonrió y salió corriendo. La pelirroja soltó la bandeja cerca de la mesa y llamándola, fue tras ella.

Se tropezó con Julia, que iba de entrada con una mano en la espalda.
La pelirroja le contó la vicisitud con la mujer y se recostó en el hombro de su novia.
¿Y esos pasajes?
-Ah, te tengo algo. Quiero que vengas a pasar navidad conmigo. ¿Lo harías?
La pelirroja quiso enumerar las razones: no le darían permiso, no tenía suficiente dinero, no podía dejar su casa recién adquirida a la deriva.
-Sí, voy contigo.

 

 

 

peliroja

 

 
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Página 2.

 

La amazona y la Aguatera

La joven Amazona decidió abandonar la aldea. Después de su fracaso con las pompas de jabón y el reino de las Hadas, no tenía mayor valor para continuar con su tribu. Había nacido en el lugar equivocado. Pensó por un momento: presumo que esta frase se hará popular” y cerró su tula. Las pocas pertenencias y su lanza, además de los dos atuendos para el día y la noche. Pan y queso para comer. Que bueno que soy de poco apetito. Y algunos remedios por si en alguna ocasión le dolía la cabeza.

Caminó durante días, durante meses, hasta casi completar un solsticio completo. Una noche, después de caminar durante todo el día sin zapatos, porque había perdido los suyos por causa del calor, se sentó justo frente al templo de Afrodita. Oh, Afrodita, que mala suerte he tenido, deberías mandarme un paliativo, para sentirme mejor en mi desgracia. Y fue entonces cuando apareció La Aguatera. La joven, de una extraordinaria belleza, proveniente quizá de la aldea de las Beldades, se sentó junto a la joven Amazona.
-¿Qué te pasa?
-Nada –atinó a decir la joven Amazona-. Sólo estoy cansada.
-¿Quieres calmar tu dolor?
-¿Cómo sabes qué tengo un dolor?
-Por que tus pies están sangrando. Déjame curarlos.

La Amazona ya no era la misma chiquilla torpe de otra época. Durante sus viajes, había luchado con cientos de asaltantes y les había impedido robar sus pertenencias, había hablado con hechiceras para que evitaran hacerle daño enfrentándolas con poder y había socializado en las cortes de los más importantes reyes y había vivido en habitaciones lujosísimas. Había también estacionado días en aldeas pobrísimas y para salvar a una jovencita del fuego en una aldea, pasó dos días y tres noches orando a los dioses y trayendo agua desde un cántaro a cien metros de profundidad. De aquella joven que conoció al Hada, quedaba más bien poco. Quizá el brillo de sus ojos y el apasionamiento por su trabajo imprevisto, por las gentes que conocía de vez en cuando. Le quedó también, por supuesto, un profundo desprecio por la debilidad de la raza humana y un odio sosegado contra las Hadas. Se repetía, una y otra vez, que cuando volviera a tropezarse con dicha Hada maldita, la atraparía con un corazón de lobo.

Fue así, cuando la Amazona vio a la Aguatera, se sorprendió de sentirse en calma, por fin, después de mucho trasegar su odio y su desprecio.
-Gracias. Has sido muy amable. Ahora me voy.
-¿A dónde vas?
-No lo sé. Sólo voy a continuar mi camino.
-¿Por qué no te quedas en el Templo? Estás muy enferma y se te nota muy triste. Quédate conmigo unos días, ya verás cómo te vas a sentir mejor.

Dos meses completos permaneció la Amazona junto a la joven Aguatera. Todos los días, al terminar la jornada, se sentaba a mirar los profundos ojos de la mujer, que se sentaba a su lado con la vasija del agua a un lado de su cadera. La Amazona la examinaba lentamente y suspiraba.


 

Sentía alivio, paz y de repente, un cierto fuego que pensó que no se encendería nunca más. Pero no dijo nada. Se limitó a acercarse sin prevención una noche y acariciar el rostro de la joven.

-Muchas gracias por lo que has hecho por mí.

La joven Aguatera, cercó la distancia entre los labios de ambas y le regaló un beso apasionado. Sus cuerpos se fueron acercando y de repente, se alejaron con las mejillas encendidas.

-No tienes que agradecerme, he hecho lo que he querido hacer.
-Ahora debo irme.
-No tienes que hacerlo. Quédate aquí.
-¿Y qué voy a hacer?
-¿Por qué no trabajas en el Templo de Afrodita?
-Pero no sé hacer nada.
-Claro que sí. Tienes una linda voz, ¿por qué no cantas en el coro?
-Tendría que hacerme sacerdotisa y no tengo vocación.
-No tienes que. Hablaremos con la diosa.

Entonces, la joven Aguatera pasó varios días en profunda oración con la diosa. Cuando por fin salió del Templo, miró a la Amazona, quien se encontraba acostada sobre las baldosas del piso del centro.
-Te dejará cantar con una condición.
-¿Cuál?
-Que le sirvas en su guardia. Dice que Artemisa le ha dicho que eres una gran guerrera, muy lista.
-¡Pero qué gran mentira! ¡Ni siquiera sé manejar la lanza!
-Shhh. No digas nada. Sólo quiero que tu y yo estemos cerca.
Y la besó. La Amazona se desprendió del beso sin querer hacerlo y pensó por largo rato, hasta que se quedó profundamente dormida en los brazos de la joven.

afrodita

 
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Página 3.

 

Azul

I am blue. I am blue. And these tears in my eyes tellin’ you.

azul

Hubo un tiempo en que el cielo callejero me cubría como una manta hecha con remiendos de todos los colores, incluso las derivaciones, incluso el azul. Entonces, durante la noche, veía los suburbios mientras viajaba en el bus. La gente asustada que sube, los celulares que suenan. El hombre de traje que lucha por un puesto.

Estacionada bajo el nubarrón de noviembre, esperé, por él. A que entrara. Me apoyé sobre mis piernas y descansé la cola. El Café. Frente a el y a su ventanal sin letras, como diseñado para mí, aún vacío cuando llegué. Las empleadas reunidas tras la barra no charlaban, no reían, apenas se movían como androides preparados para la labor de servir cafés con galletitas y cócteles de vasos con diseño de cuerpo de mujer. Nada de la llovizna que me amenazaba. Un dúctil viento entraba de vez en cuando por mis orejas, pero no las rascaba. Por la pose.

Al poco rato, una pareja entró. Jóvenes todavía, supongo que no salían de la adolescencia. Venían tomados de la mano y continuaron así, al sentarse. Al poco los asechó una de las meseras con la carta. Ellos la ojearon. Uno de ellos señaló quizá uno de los cafés o cócteles y pidió permiso con sus cejas a su acompañante. Ante la buena cara, decretaron el pedido. Uno de ellos, el de las cejas, tomó la mano que le ofrecieron. Miré la atmósfera. 

 

 

 

 

Las nubes parecieron despejarse, un rayo pequeño de sol me dio en la cara. Entrecerré los ojos y pude ver que se besaban. Con delicadeza. Parecían tan convencidos…

Hubo un tiempo en el cual yo era la única y él, él también era el único, el único.

Y nos sentamos también en aquella mesa. Y ordenamos un café y una cerveza y con las manos dadas entramos y salimos. Y también con las ilusiones.

Con el pretexto del sol, empecé a limpiarme los ojos.

Seguían aún los otros sentados cuando entró otra pareja. Ésta un poco mayor. Jóvenes, pero no adolescentes. Ojearon la carta con más detenimiento y al final, luego de un par de minutos, les trajeron dos simples tintos. Entonces supe que se trataba de estudiantes de la universidad que queda al subir la calle. A unas cuantas cuadras largas.

 

azul

 
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Página 4.

El cielo volvió a cubrirse de nubes. Dejé de limpiarme los ojos. Ya no había sol, había nada. Se sentaron en una mesa del centro del Café, más próximos a la puerta que los otros.

azul

Uno de ellos daba vueltas al lugar con los ojos, buscaba una revista. Fue a traerla del estante a su derecha y le dio una ojeada. Le mostró algunas cosas a la persona a su lado pero ésta no parecía prestar del todo atención y empezó a charlar de otra cosa. La portadora de la revista permanecía callada, entre ojear y mirar a quien le hablaba.

Luego, el otro, el que hablaba, le tomó las manos y ambos dejaron su antigua ambivalencia para dedicarse a los mimos y a jugar a los peces besucones. Se encerraron tanto en sí mismos que pasaron una hora sin probar los tintos.

Me gusta el café. Es un gusto antes de él y no lo cambiaré ya. Tendría que quemar las tristes cajas donde vivo si quisiera deshacerme de todos sus recuerdos.

Me acerqué un poco más al ventanal cuando empezó a lloviznar para cubrirme bajo el cielorraso. Una de las meseras tras la barra me miró. Pensé que vendría a espantarme pero no lo hizo. Simplemente me miró a los ojos, cual androide que ya dije que era y siguió con su trabajo.

La primera pareja salió. No me di cuenta si pagaron pero supongo que sí o no habrían podido hacerlo. Entraron un par más de parejas más, uno que otro trío y al final, dos personas que parecían bastante enojadas la una con la otra. Les pasaron la carta y ni la miraron, ordenaron enseguida. Un tinto y una cerveza.

Entonces supongo, que aún hoy lo amo, pero ahora se ha ido y es verdad, yo estoy azul.

Volví mis ojos hacia el cielo que parecía marcar la llegada de la noche. Pero no vi el panorama oscuro y al regresar una colcha azul me tapó los ojos. Me parecía una película de aquellas que había visto por allí, una que otra vez. Con él. Ahora todo, todo el fondo oscuro frente a mis párpados, era azul.

 

Cuando volví a ver la escena a través del ventanal, ella lloraba y él alejaba sus lágrimas con sus dedos morenos. Ella debió estar muy complacida porque lo besó. Tan apasionadamente que le mordió la carne de los labios. Supongo que después se amaron, de la misma forma en que los vi besarse. Siguieron conversando y riendo. Ella lucía cansada. Quizá él propuso marcharse porque salieron presurosos. Ella dejó parte del tinto y él apuró su cerveza. Se fueron juntos, de la mano, envueltos en juegos por la calle sin andén, expuestos a los pitos de los carros.

 

 

De camino contrario a aquellos tontos venía uno de mis amigos. Lo miré a los ojos y me devolvió el gesto. Sin muecas en la cara, pasó de largo.

Quizá una hora. Los dos muchachos de antes volvieron. Los de las lágrimas y el beso sangriento. Ya no venían tan contentos. Ella se veía aún más cansada y él todavía más aburrido. Entraron nuevamente y ordenaron lo mismo de antes, lo mismo de siempre. Ella habló, él habló. Cada uno se tomó a su ritmo lo que ordenó y, sin más, salieron juntos, pero cada uno para su lado. Por supuesto, pagaron primero. Como pronto serían las siete de la noche, las mujeres androide se acercaron a la puerta y dieron la vuelta al letrero que la adorna: cerrado.

Llovizna. Hacia los lados veía las gotas tocar velozmente una tras otra las hojas de los árboles. Si fueran blancas habría nieve. Pero no tenemos nieve. Para el bien de mis pulmones. Más valdría donarlos porque es muy poco lo que me sirven.

Utilicé los cielorrasos, los árboles y cualquier cosa conveniente para cubrirme. Antes no me habría importado, pero ahora no tenía intención alguna de mojarme. Dormí. Encontré mi posición echada con los pies y las manos escondidas, semejante a La Esfinge y me levanté de lado, con los pies encurrunchados y las manos metidas entre mi estómago.

El suelo frío. Un leve estremecimiento me recorrió y decidí darme un baño. El humo de los carros y los zapatos que lanzan piedras y polvo. Empecé por mis pies, levanté la pata y raspé con mi lengua. Luego saqué las uñas de las manos y las limpié una por una. Nunca me gustó tener las unas sucias. Volví a recordarlo cuando percibí un olor parecido a su perfume. Caminé hasta el parque favorito de los dos, donde ofrecen cuentos a voz en cuello las noches de los sábados. Repleto de gente. Y, sin embargo, lo vi, con una muchacha. Reía.

Estoy triste, me hace sentir tan triste. Ahora mi ruego es que mi hombre, la pase tan mal como yo.

No sentí el deseo de rodear con mi cuerpo sus piernas, ni de llamarle desde el suelo para ser tomada en sus brazos y acariciada por sus manos y los besos de su nariz. Quería llorar, pero cuando quiero llorar no lloro. Sólo sonreí de medio lado en la mente. Una lástima, siempre fui una mujer muy sonriente.
 
Inicié la retirada en medio de la lluvia. Al igual que las personas, que corrieron a esconderse bajo los techos de los edificios cercanos. El cuentero gritó ronco y el público aplaudió, rió, chifló. Fue uno de mis amigos aquel payaso frente a todos. Lo hace bien. Alguien dijo: qué lindo gatito. Levanté una de mis orejas usualmente alicaídas hacia quien habló. Mire esos ojos. Son azules, que lindos. Una muchacha con muchos artefactos en su cuello y muñecas de una niña gato. Me acerqué a ella, me di una vuelta por sus piernas, me tomó en sus brazos y me llenó de besos la nariz azul.

 

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Página 5.

 

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La Ninfa

Miles de soldados se acercan, pero tú eres la ninfa que se aproxima a mí llegada.
Bajo los brazos y los extiendo al sol, me tiro en la arena a repasar las migas de tu afecto.
Encuentro poco, más bien ninguno.
 Y me encantas,
Aún cuando no te vea, me encantas.
Aún cuando no te palpe.
Aún cuando no eres.
Le perteneces al mar,
Le perteneces al agua.
El horizonte se esconde bajo tu abrazo.
Ninfa, sirena salada, fuerte como el oleaje más salvaje, suave como el tacto de la marea.
Desaparezco.
Y tu permaneces esperando a otro guerrero, con la misma intensidad con que me amaste.
Con la misma intensidad has de pertenecerle.

*Periodista

 
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