EPÍSTOLA ANCRÓNICA
Bucaramanga, 10 de mayo, 2005
Amigos míos. Los estoraques continúan aquí perdiendo, a falta
de cabellos o lágrimas, trocitos de su cuerpo que el viento se
lleva sin afán, como un buitre paciente, satisfecho, que devora
su presa con la parsimonia de una beata que reza rosarios
interminables ante el cadáver de su dios hecho polvo. El sol,
clavado arriba como una mariposa amarilla o un girasol de
Van Gogh sobre un insectario azul, nos sigue cocinando a fuego
lento, seduciéndonos con la tentación del suicidio.
Ustedes saben que aquí es un acto heroico arrojarse desde un
puente, porque irse del todo es más digno que quedarse a
medias, relegados en el zaguán de las casas durante las visitas,
haciéndonos los pendejos mientras los que de veras lo son, por
fe o por buena voluntad, nos fustigan con su manera franca de
podrirse sin pena ni gloria entre su propio sudor. Y que es
arduo, sin embriagarse con alcoholes, hierbas o proyectos locos,
soportar este darle vueltas a una noria que no sirve sino para
traer más aire caliente a este ámbito ya de por sí asfixiante.
Ocurre, mejor dicho, lo de costumbre. No me arrojé ya al vacío,
no lo haré ya. Sencillamente porque sería de mal gusto salir en
los periódicos tan desnudo en la fealdad de mi fracaso, tan
patético y tardío. También porque no es necesario matarme.
Ya lo he hecho. Aquí, frente a vosotros, no hay sino un
gesticulante payaso que repite lo ya dicho, que vuelve a
representar día tras día las rutinas ya abolidas en la realidad
de lo real.
Lo cual no significa que las flores no sigan abriendo
milagrosamente sus fauces femeninas para devorarme con su
belleza muda y olorosa a cementerio, y que hayan dejado de
atraerme a sus colmenas las abejas invisibles de la poesía, que
sigue siendo el único remedio que no me asesina por la espalda
mientras me abraza de frente. Cosa que sí hacen las flores
cuando uno menos cuenta se da. Sólo que lo hacen dulcemente,
como las damiselas que el destino, que es un cuento de hadas,
nos pone en medio de la vía, con aureolas de princesa y ojos tan
capaces de volvernos bestias voluptuosas como de llorar por
nosotros con el dolor infinito de las vírgenes piadosas,
perpetuamente afligidas, que nos hemos imaginado en medio
del infortunio los hijos de hombre, desde que dejamos de ser
animales.
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Aquí sigue la tierra volviéndose roja, anidando hormigas,
desgastándose. Las nubes parecen ovejas obesas, serenas en su
leve corpulencia, en sus metamorfosis cumplidas con la
desenvuelta elegancia de un pájaro que estira las alas y
emprende el vuelo y desaparece al rato tras el horizonte. Ellas
también me alivian, con su conmovedora manera de agonizar y
renacer siempre distintas pero siempre nubes.
Llueve de pronto, sin aviso. Las gallinas viven encarceladas.
Los árboles igual. El mar que aquí había se lo llevaron hace
tanto tiempo, que no podemos olvidarlo. Es insoportable por
eso no escuchar ya ni el eco lejanísimo de sus olas. Únicamente
el polvo que no deja de caernos encima se deja oír cuando
hacemos silencio.
Y sin embargo enciendo la radio algunas noches para que si de
pronto una canción hermosa nos redime durante unos sagrados
minutos, a mí y a los demás que me acompañan en estas
mesetas y pendientes erosionadas, del pecado de no fructificar,
de quedarnos ensimismados, redención que algunas veces
ocurre. Entonces puede uno irse a dormir con la conciencia
tranquila.
Los ángeles, además, vienen en otras, aunque poco frecuentes,
ocasiones. Obviamente yo no estoy en la casa cuando lo hacen,
Nunca. Nunca estoy. Y de esa desgracia no me redime nadie ni
nada… Que es lo que a todos nos pasa, ¿no?...
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