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Escritos de Rymel Serrano

 

EL MAL  PASTOR

1

Quedáos quieto bajo un árbol:
las nubes son buenas maestras,
como las florecillas que agonizan pisadas por vuestros pies
incautamente crueles
o como los insectos que se juegan la vida
por besar vuestra sangre.

2

Ponte a juntar rebaños de ovejas somnolientas
este marzo inclemente.

Si no quieres más ser andante caballero
sé un pastor en tu valle de utopía.
¿De qué sirve retar terrenales espejos?

Repetirse no quieras,
ni aventuras de otros.

Junto al sueño-no en él-hay un río
y sus aguas no reflejan tu imagen.
Abreva allí tu sed,
la sed de tus corderos
y la de quien no fuiste por asediar castillos
o  ir en pos de una dama.

3

Si estás cansado tiéndete en la hierba
y mira al cielo.
Pon cielo y hierba ante tus ojos y espalda,
la piel y la memoria.
Descansa; muere un poco.

El viento lo murmura.
Escúchalo y olvida.
Que sea un violín  tu cuerpo

y el silencio sea el músico.

 

 

 

FUGA

 

Hacia el mar iba un río
y sobre el río una flor.
Era una flor acuática que sonreía ante cada peligro;
cuando parecía ahogarse
como una hermosa mujer que se suicida
o cuando podía ser despedida del lomo de las aguas,
ser arrojada a las playas de una muerte más árida que el mar.

 

Nadie vio a ese nenúfar desprendido de su natal remanso
recorrer el camino turbulento que va del estar al morir
entre sobresaltos de júbilo, placenteros vértigos
o prolongadas y lerdas melancolías  sufridas en silencio a lo
largo de algún valle
verde, plácido como un amante eventual que se ha quedado con
ella toda la noche
pero que al otro día dormirá solo en su lecho
mientras la amada huye y se precipita en el mar.

 

Nadie la vio dirigirse cautelosamente hacia allá.
Sin embargo esa última noche todos soñamos con ella,
y al despertar ya no estaba;
la habíamos olvidado, casi por completo,
excepto esos dos versos:

“Hacia el mar iba un río,

y sobre el río una flor”.

 

 
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Página 2.

 

EPÍSTOLA ANCRÓNICA

Bucaramanga, 10 de mayo, 2005

 

Amigos míos. Los estoraques continúan aquí perdiendo, a falta
de cabellos o lágrimas, trocitos de su cuerpo que el viento se
lleva sin afán, como un buitre paciente, satisfecho, que devora
su presa con la parsimonia de una beata que reza rosarios
interminables ante el cadáver de su dios hecho polvo. El sol,
clavado arriba como una mariposa amarilla o un girasol de
Van Gogh sobre un insectario azul, nos sigue cocinando a fuego
lento, seduciéndonos con la tentación del suicidio.

Ustedes saben que aquí es un acto heroico arrojarse desde un
puente, porque irse del todo es más digno que quedarse a
medias, relegados en el zaguán de las casas durante las visitas,
haciéndonos los pendejos mientras los que de veras lo son, por
fe o por buena voluntad, nos fustigan con su manera franca de
podrirse sin pena ni gloria entre su propio sudor. Y que es
arduo, sin embriagarse con alcoholes, hierbas o proyectos locos,
soportar este darle vueltas a una noria que no sirve sino para
traer más aire caliente a este ámbito ya de por sí asfixiante.

 

Ocurre, mejor dicho, lo de costumbre. No me arrojé ya al vacío,
no lo haré ya. Sencillamente porque sería de mal gusto salir en
los periódicos tan desnudo en la fealdad de mi fracaso, tan
patético y tardío. También porque no es necesario matarme.
Ya lo he hecho. Aquí, frente a vosotros, no hay sino un
gesticulante payaso que repite lo ya dicho, que vuelve a
representar día tras día las rutinas ya abolidas en la realidad
de lo real.

Lo cual no significa que las flores no sigan abriendo
milagrosamente sus fauces femeninas para devorarme con su
belleza muda y olorosa a cementerio, y que hayan dejado de
atraerme a sus colmenas las abejas invisibles de la poesía, que
sigue siendo el único remedio que no me asesina por la espalda
mientras me abraza de frente. Cosa que sí hacen las flores
cuando uno menos cuenta se da. Sólo que lo hacen dulcemente,
como las damiselas que el destino, que es un cuento de hadas,
nos pone en medio de la vía, con aureolas de princesa y ojos tan
capaces de volvernos bestias voluptuosas como de llorar por
nosotros con el dolor infinito de las vírgenes piadosas,
perpetuamente afligidas, que nos hemos imaginado en medio
del infortunio los hijos de hombre, desde que dejamos de ser
animales.

 

 

Aquí sigue la tierra volviéndose roja, anidando hormigas,
desgastándose. Las nubes parecen ovejas obesas, serenas en su
leve corpulencia, en sus metamorfosis cumplidas con la
desenvuelta elegancia de un pájaro que estira las alas y
emprende el vuelo y desaparece al rato tras el horizonte. Ellas
también me alivian, con su conmovedora manera de agonizar y
renacer siempre distintas pero siempre nubes.

Llueve de pronto, sin aviso. Las gallinas viven encarceladas.
Los árboles igual. El mar que aquí había se lo llevaron hace
tanto tiempo, que no podemos olvidarlo. Es insoportable por
eso no escuchar ya ni el eco lejanísimo de sus olas. Únicamente
el polvo que no deja de caernos encima se deja oír cuando
hacemos silencio.

Y sin embargo enciendo la radio algunas noches para que si de
pronto una canción hermosa nos redime durante unos sagrados
minutos, a mí y a los demás que me acompañan en estas
mesetas y pendientes erosionadas, del pecado de no fructificar,
de quedarnos ensimismados, redención que algunas veces
ocurre. Entonces puede uno irse a dormir con la conciencia
tranquila.

Los ángeles, además, vienen en otras, aunque poco frecuentes,
ocasiones. Obviamente yo no estoy en la casa cuando lo hacen,
Nunca. Nunca estoy. Y de esa desgracia no me redime nadie ni
nada… Que es lo que a todos nos pasa, ¿no?...

 

 

 
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Página 3.

 

SPLEEN SIGLO XX

Toda la tarde llueve.
Sacrifico mi alma.
Como cuando una virgen se ha quedado sin velos
o el corazón sin ganas de continuar el viaje.

Toda la tarde llueve.
En lugar de tristeza
me tortura el hastío,
no el consuelo de un mártir.

Las moscas se aglomeran dentro de mi cabeza.
Quien era yo se ha muerto,
es un lugar común como el ayer.
Toda la tarde estuvo dormida quien lo amaba.

Las princesas no existen sino en los diccionarios.
Había una doncella
pero nunca fue suya.
Mientras llovía la luna no se hallaba presente.
La noche y las estrellas no eran para sus ojos.
Una mujer desnuda dormía al lado suyo
y él no logró admirarla. Nunca pudo admirarla.
 

Toda la tarde llueve.
Por estar suicidándose
no se apiada de ella.
Su cadáver perpetuo; su inmolación perpetua.
Toda la tarde llueve, toda la tarde llueve.
Toda la tarde duerme la mujer que lo ama,
toda la tarde llueve.

Toda la tarde llueve.

suicidio

 

 

RECETA

No te quedes velando los cadáveres
de quienes en ti han vivido,
de quienes en ti han fallecido.

Llora si quieres la belleza
aparentemente efímera,
los lugares a donde no podrás volver,
ciertas canciones,
ciertos instantes irrecuperables.
Mas no veles las armas enmohecidas
de los caballeros que fuiste,
que ya fueron.

Resucita tan sólo.
Olvida a quien amas
y encuéntralo después más allá del recuerdo,
más allá del deseo,
en el milagro
Resucita tan sólo.

CORAZÖN SIN HASTÍO

Todos los días entierro lo que muere de mí en el traspatio.

Como es ilusorio el olvido, y los relojes
falaces equivocaciones del destino,
pretender ya no ser los de ayer no es factible.

No estamos desprendidos del tiempo
sino aguardando en su red a la araña serpiente,
a la amada que ha de venir sin duda,
con hambre,
con deseo,
con ganas de saborear a cada uno de quienes fuimos,
como a una guirnalda de uvas fermentadas, oscuras.

Somos el alimento de lo que amamos:
la mujer o la nada,
la vida, los placeres, el dinero, el buen dios.

 

 

 

 

 
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Página 4.

 

PLAN DE FUGA

 

                                               -para Tita y gallinazo

 

No tengo un caballo blanco en el  establo de mi casa,
ni  poseo establo, ni casa.

Pero debo llevar un mensaje urgente necesitado de blancura,
del galope de unos cascos
y de unas crines que flameen como llamas al viento.

Debo marchar solo,
seguir el camino,  seguirlo,
hasta crear la distancia suficiente
entre lo que soy y lo que seré,
como para dejar de ser el mensajero,
olvidar del todo el mensaje
que originó la partida,
Pues no había en realidad ningún recado
O mejor dicho el mensaje era el olvido,
el anhelo de andar por andar.
No era el destino aquel partir sino el olvido.

PORVENIR SIN PASADO

No podré hollar los caminos que ante mí se despliegan.
Por allí pasarán otros pies, habituados a sus piedras y a sus
regodeos.

Presiento que al irme los que se quedan cantarán, serán
felices, celebrarán la vida, brindarán por la música, el placer,
la belleza…

La tristeza debe sentarse afuera, y mendigar ante un portal.
Los convidados desfilan. Ninguno trae ni una moneda. La
dicha no sabe de necesidades ni tampoco de caridades.

Adentro bailan. Algunos se asoman, se arruman contra los
ventanales  y admiran o reprueban.

Yo expongo una mano vacía, desconsolada, y nada ella recibe:

únicamente el desdén de quienes han venido a divertirse.

*Escritor santandereano

 

APOCATÁSTASIS

 

Ha ocurrido la noche
y los dioses han muerto.

Sus tronos vacíos levitan
entre el aire y las dunas,
el cielo y el desierto de nuestras ilusiones.

Sin pies ni cabeza los ángeles
sobrevuelan las ruinas,
sin manos ni sexo,
sin cuerpo.

En la madrugada la paloma invisible nos mira sin ojos.

Oremos.
No hay reyes ni emperadores.
Sus huestes no existen.
No hay dios ni legiones de diablos;
no hay Jehová ni Satanás .

 

Como en un comienzo,
la nada es la sustancia de todas las cosas.

Nos otorgaron alas,
mas nunca las usamos.

 
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Página 5.

 

NINGUNA LIRA DESAFINA

Si no hay más mal que el que a fingir convida,
o a adormecer el alma
o a  recorrer con prisa el camino que a la vida le señala el
destino,
¿por qué nos causa angustia caminar,
divagar a nuestro antojo?

Apareja tu bestia  con cuidado;
lleva lo indispensable:
cuerpo, sonrisa, ensueños;
sé feliz cuando puedas
y cuando no cultiva la tristeza:
la rosa del amor en la meceta
que adorna tu ventana.

Mas no la tomes nunca;
No roces sus espinas.
Contémplala y despídete de ella.

A lo que muere, llóralo;
A lo que no, recuérdalo.

Cántale en el olvido,
súfrelo en la belleza.

 

 

CONTEMPORÁNEOS

 

¿Quién nos iba a decir que habíamos ya fallecido?
Sólo podían constatarlo quienes se quedaron atrás,
del otro lado,
para nosotros invisible,
como éste para ellos.

Así que proseguimos la marcha
sin enterarnos del suceso.

Como no transcurre el tiempo
en el reino de las sombras,
creíamos que los dioses nos habían condenado
a no morirnos nunca,
a avanzar contra un ejército
que jamás encontrábamos,
a buscar una virgen que nunca había nacido.

Lo supimos muy tarde.
Cuando todos los demás ya habían resucitado.

Rymel Eduardo Serrano Novoa

 

 
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