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Tomás Vargas Osorio

 

Orgullo

Recluido en mis altas soledades
–inexpugnable torre y muro fiero–
pulo mi vida en frías claridades
vecino de la roca y del lucero.

Hondo vivir, dulcísimas saudades
suavizan el viril perfil señero.
Ni tesoros, ni espléndidas ciudades
conmuévenme, ni gozo lisonjero.

Raudos halcones y ágiles milanos
en el viento; el sol entre mis manos
arde y de mis dedos se alimenta.

Pastor de vientos y de nubes. Nada
como esta augusta casa desolada
de mi ser, que en sí misma se sustenta.

 

Corazón

Siempre perdido y siempre rescatado
retorna a mí de cada lejanía,
herido, alegre, niño, traspasado.
Saeta de la muerte lo seguía.

Fiel como el agua al cauce bien hallado,
vuelve tras de la lucha y la porfía,
pez, por los mares pescador, y alado,
trayéndome el coral de su agonía.

Eres mío, si herido más profundo.
Fin y principio, sombra y luz del mundo
en ti, pero tú solo en mi costado.

Oh, corazón sin fin, ala y latido,
rescatado una vez y otra perdido,
pez, por los mares pescador, y alado.

 

 

Instante

Ya el trémulo campo de mis voces
yo te entregara a criba sometido;
linderos –un recuerdo y un olvido–
para el frío trabajo de tus hoces.

Manos, labios, pupilas, los feroces
deseos y mi sueño escarnecido,
el corazón que ya es de ti transido
y la casa sellada de mis goces.

Manos, labios, pupilas, lo que amas,
para tus negros yelos y tus llamas
yo te entregara, oh muerte, dulce o fiera;

pero una nueva voz está cantando,
gota al borde de ti, mío, temblando,
y los dos esperamos a que muera.

 

Muerta

Todavía en el límite inclinada
sobre el surco infinito de la muerte,
tu cabeza al instante de perderte
era una flor de sombra deshojada.

Más allá de la muerte más amada.
En el dolor supremo de quererte
hallada eres para mi alma fuerte
un diamante de lumbre rescatada.

Hielo la sien donde mis infantiles
labios posáronse; (tibia entonces),
fría ahora de nieves y marfiles.

Y ritma el corazón en su sombrío
recinto con la lengua de los bronces
tu nombre sollozando en el vacío.

 

 
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Página 2.

 

Tedio

En el fondo del alma tajo frío
de fría luz, lívido albor de hielo.
Lo más blanco, un blanco desconsuelo.
¿Lo más gris? Lo más gris, señero y mío.

Inútil pena, y un dolor tardío
y pálido, parálisis del vuelo
en un cielo de vago terciopelo
que alumbran los diamantes del hastío.

Nubes en el azul pasan errantes.
¿Hacia dónde? El libro está caído,
cerrado, inútil, muerto, en las rodillas...

¡No tengo nada! Sólo los diamantes
del tedio y un olvido, y un olvido
–callado viento de hojas amarillas–.

 

Rosa Masgrowa

Tú eras la ciudad de altos muros.
¿Qué torres comparables a tus senos,
nácares finos, mármoles morenos
o flecha de oro en los espacios puros?

Te me diste en jardines semiobscuros,
licor de nardos, leche de azucenos,
copa de ámbar y urna de venenos,
cojín de siete muertes, hielos duros.

Pero hoy, amante, suaves algodones
de olvido caen y un pájaro agoniza
en el árbol perfecto de tus dones,

mientras bajo la paz de mi congoja
se baten en un valle de ceniza
un lirio blanco y una espada roja.

 

 

Poderío

Límite de cristal, urna de hielo.
De sombra y luz el corazón herido,
de su antiguo esplendor desposeído
y sin el curvo alfanje de su vuelo

esclavo está del más mínimo cielo.
en vano es golpeado y es transido
–oscuro soñador de un vasto olvido,
gusano en su capullo de desvelo–.

Sórdido, rico, atesoró el errante
azul de un océano, un cielo, un río.
¡Y aún quiso y soñó lo más distante!

Límite de cristal, sepulcro frío,
entre su breve cárcel de diamante
preso está de su propio poderío.

 

Clamor

¿Qué hondo son agobia de levedad las hojas
de esta selva que extiende raíces de silencio
en la tierra de huesos que sus flores ocultan?
Dice tu nombre sólo y el olor de tu cabello.

Pero el silencio crece como una hierba suave
hasta el límite justo en que la luz vigila
y se oye. Si el dulce son sin fin se abre,
la muerte va pasando como una inútil brizna.

Toda la noche –toda– y tu nombre la puebla
como la gota de agua en el negro recinto
cayendo es un rumor marino, sus puertos y sus naves.
Toda la noche –toda– por tu perfume plena.

Que perdure la sombra si en el límite justo
la luz vigila y se oye vivir como una lámpara
cuya forma está en la tiniebla diluida
por conservar tan sólo su propia estructura diáfana.

Este hondo son que agobia de levedad las hojas
se lleva la firme voluntad de mis sentidos
y en su vasto tumulto me difunde,
esencia y substancia puras –no medido.

Toda la noche –toda– y tu perfume
y mi ser no medido.
La muerte va pasando como una inútil brizna,
Lejana (¡cuán lejana!).
Ah, si la noche fuera más inmensa.

 

 

 
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Página 3.

 

Elegías

¡Ah! Sólo tú dormida para siempre.

Jorge Isaacs

 

I

Volviera a ser el día con su trompeta de oro
y ella aún en la noche de sus cabellos largos
y de sus ojos ciegos.
Volviera a ser el día como una rosa cárdena
y ella aún en la noche de sus venas dormidas.
¡Oh, raíces, oh, tallos que nacéis de su cuerpo
sombrío, vosotros sí conocéis el día,
el vuelo de los pájaros, el aire azul, las nubes,
y ella en la noche de sus huesos, dormida!

 

II

De su voz ya desnudos mis oídos:
caracolas sin mar. Mis manos trémulas
desnudas de su piel como de agua:
cántaros rotos.

¿Dónde su voz ahora, en qué follaje,
en la tumba de qué hoja o gota de rocío
duerme? ¿Y la leve, pálida comarca
de su piel, bajo qué luna floreciendo?

Un vago efluvio de la noche dice
cómo era de niña su mirada
sin lágrimas; pero este vago efluvio
es una sutil brisa salada.

Canten los ruiseñores de la sangre
su nostalgia de ella,
que en caminos de viento arrebatada
pertenece a otra dulce primavera.

 

III

Nunca me pregunté si había existido
con existencia material de rosa o nube:
pero existía en mi sueño: así tocóme
el inmenso dolor de verla muerta.

Muerta en los días dulces
de marzo, cuando era más honda
la vida en las arterias de los gajos
y una brisa mecía las canciones.

Acaso ahora rosa sea o nube
en el día sin fin y alto de los ángeles;
o acaso nunca fue; pero en mi sueño
yo cultivé el dolor de verla muerta.

 

IV

¡Qué poco vale el hombre, qué poco!

Un río, un árbol, una piedra incierta

–una sombra de pájaro o de nube–
afirman la presencia segura de lo que son.

J. Pérez Domenech

Más sombra sobre la tierra –acervo de lágrimas y sangre–
proyectó una nube de estío que su paso.
No quiso comprender por qué los hombres se odian,
por qué hay llanto en los ojos de los niños,
por qué se mueren los pájaros.

Él amaba la vida. Su alegría era sencilla
y cándida –su parva ración de alegría–
que ofrecía a los hombres. Mas los hombres
tenían el corazón sórdido y no comprendían:

–“¿Por qué un hombre ofrece su alegría?”

Su dolor fue para él solo.
Si no aceptaban su alegría los hombres,
¿quién iba a beber sus propias lágrimas?
Hubiera podido ostentar su soledad
como una bandera; pero como era tan humilde
no quiso humillar a los hombres con su fuerza.

Ha mucho tiempo que un musgoso olvido
le cubre ya por siempre.
De él apenas queda un nombre vago
–en viejos labios–
y su propia y vana muerte.

 

 

Regreso de la muerte

A Carlos Martín

I

 

No era sombra goteando sobre el párpado.
No era silencio alzándose del labio.
Era luz y sonido golpeando
oído y corazón. Sangre clamando
a la luz meridiana, como árbol,
como árbol de raíces desterradas
con sus hojas y nidos sepultados.
(El rostro de Dios se iba acercando).

No era la noche de doradas cumbres.
Si el día azul y fértil que produce
la leve arquitectura de la rosa,
el pan y el dulce trino de la alondra.
El día azul y fértil, era el día
–alto y firme lo mismo que la espiga–.

“Has de cerrar los ojos, tierra estéril,
y abrirlos a otra luz que te conviene.
No más, ya nunca más verás la rosa
ni escucharás el trino de la alondra.
Y otoño, invierno, estío y primavera
volverán, y no tendrás tú venas
con qué sentir ni que un deseo pulse.
No anhelarás partir como la nube
cuando el día disuelve su diamante
en la noche”. Decía así la sangre
batida como un mar por brisas suaves.

Las oscuras arterias, anegadas
fueron de Dios por la marea clara
de sus ojos –zafiro diluido–:
más azules que el alma del estío.
¿Dónde ahora la sangre turbulenta
que amó y odió, ya dulce y ora fiera,
que edificó ciudades para el sueño,
efímeras ciudades de deseo?
Se derrumbaron éstas, arrasadas:
no quedó ni el lugar de una palabra.
Pétreas, albas ciudades de silencio
se alzaron. Como un cuervo huyó el deseo
y sólo quedó sitio para el alma.

La nueva ciudad

(Cual la sonrisa de un niño a la de otro
tan semejante tú a la primavera,
y en brisas de esperanza floreciendo
la rosa azul fragante de tus venas).

Cárdenos horizontes –ni un ala se atrevía–;
hosca llanura de amarilla piedra;
el párpado quemado, el labio duro;
sed que de sí misma está sedienta.
Ni pájaros, ni hojas, ni miradas,
La tierra sola como una oscura lepra
al Sur, al Norte, al Alba y al Crepúsculo.

¿Qué follajes murieron, qué rumores
su miel dorada dieron a la arena?
Ni pájaros, ni hojas, ni miradas.
¿Y en la noche sin labios ni luceros
qué persiguen las manos extasiadas?

Un viento era en la noche. Los cabellos
ardían en la llama
que alumbraba la cera de la frente.
Un viento era en la noche. Los cabellos
ardían en la llama
que alumbraba la cera de la frente.
Un viento era en la noche. Blancas páginas
del libro pasaban y entre tanto
una ciudad se hundía lentamente.

En la sangre una ciudad se hundía.
Con las voces de todas sus mujeres;
con los gritos de todos sus hombres;
con las risas de todos sus niños;
con todo el oro de sus luces;
con el llanto de todos sus parias;
con todas sus flores abiertas;
con todos sus puñales escondidos;
con todas sus manos atadas;
con todos sus rumores y alaridos;
con todos sus besos y todas sus blasfemias.
En la sangre una ciudad se hundía.

Y fueron desapareciendo los escombros
–aquí una mano arrancada al gajo lívido
de la muñeca, allá un grito trizado;
un pétalo, una mirada o una cabellera–.
“¿Dónde ahora está la ciudad de tantas voces?”
Las había:
dulces como flautas;
crispadas como puños feroces;
tiernas como el paladar de un niño;
melodiosas como laúdes;
soberbias como ráfagas;
humildes como insectos;
traidoras como el agua.
Y las había:
altas como la soledad de las torres,
pequeñas como la hierba que se arrastra.
“¿Dónde ahora está la ciudad de tantas voces?”

Sobre el triste naufragio una voz clara.
La plaza de unos labios
–de tu labio, tu beso y tu palabra–.
En la mañana tú empiezas a construir tu ciudad,
Un hijo, una rosa, una sonrisa.
–¿No es eso ya la primavera?

Cuando no exista la lágrima

La voz que cae del silencio.

R. Rilke

Róndanme ya dos ojos sin pestañas
fríos como el silencio de una alcoba abandonada
donde hay un piano mudo en que se hiela
el fantasma de la música; y un reloj detenido
fijo en el muro, espectro de madera, sardónico testigo
de lo que fue otro día, antaño, un día solamente.

Róndame ya la gota última,
la lucecilla vacilante que aún sostiene mis párpados
(cayéronse cual hojas al soplo de unos labios),
y me alargan la noche desvelada
ellos y yo esperando.
Ellos y yo esperando aquel sonido breve
que debe hacer la lágrima al romperse
sobre el rumor de río que hacen los instantes
cuando le dan la vuelta al orbe de la noche.

¿Qué palabra para invocarla a ella
en cuya entraña el mundo echa raíces largas,
la que no acaricié, la que no conocí, la que soñé
y existe sin embargo?

Sigan rondándome dos ojos sin pestañas
y continúe la noche circuida de instantes
fríos como las uñas de una mano que acaba
de cometer un crimen. Sobre el libro la frente
como semilla seca habrá de caer un día
cuando no exista la lágrima que salva de la muerte.

 
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