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Aschenbach: de la racionalidad a la vitalidad gratificante de la individualidad
por Alejandra Figueroa Suárez

 

Aschenbach es el poeta de la modernidad. De familia burguesa, su talento no corresponde a esa inspiración que sólo los dioses nos pueden dar, y lejos de suplir el ideal antiguo donde en un momento de profundo éxtasis y emoción los poetas se consagraban a las musas¹, nuestro viejo poeta responde en cambio más al estilo de esos seres que trabajaban confiados de su arte/habilidad a través de un proceso pensado y laborado –propio de la época– desde y por la racionalidad... es el poeta de toda esa gente tosca y hostil, de esos seres descreídos, inanimados y serviles, destacables por su egocentrismo y orgullosos de su "verdadero" conocimiento encallados en extremos racionales y empíricos. Es el poeta de este terrible hombre, predicador de la igualdad y enceguecido por su creencia en el progreso que nos lo anuncia ya con temor Nietzsche:

¿Qué es lo que hoy produce nuestra aversión contra el hombre? ... El que el gusano «hombre» ocupe el primer plano y pulule en él; el que el «hombre manso», el incurable mediocre y desagradable haya aprendido a sentirse a sí mismo como la meta y la cumbre... como el «hombre superior»². El último hombre es el que vive más tiempo... Todos desean lo mismo, todos son iguales: quien piense de otro modo se mete por su gusto en la casa de los locos.

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iCasa de los locos! ¿Puede haber un descaro mayor? Nosotros, hombres de realidad sumidos a una única lógica –verdad la llamamos–, no podemos ver algo que sea distinto o alejado a nuestra razón, y así, arbitrariamente ponemos sobre los objetos y personas las más descaradas metáforas... normal–anormal, sano–insano, moral–inmoral, bueno–malo, justo–injusto... evidencias de nuestra cultura dualista que no se puede escapar de lo terrible de esta definición y lo que su antítesis conlleva.

¿Dónde está el mayor peligro de todo porvenir humano? ¿No está entre los buenos y los justos?³

 


¹ «... porque el poeta es un ser alado, ligero y sagrado, incapaz de producir mientras el entusiasmo no le arrastra y le hace salir de sí mismo... los poetas no componen a merced del arte, sino por una inspiración divina» Ion, Platón.
² Nietzsche, Genealogía de la moral, Primer Tratado.
³ Nietzsche, asi Habló Zaratustra
.

 

Con nuestra mirada causalista y con toda su impotencia y resentimiento ven –o vemos– a todo aquello que se diferencie como algo malo, una aberración, algo que va en contra de ellos llamados a sí mismos "los buenos y los justos". Estos al ver su debilidad e impotencia se llenan de resentimiento contra la clase noble¹ y ven en su propia condición una elección; por ende empiezan a resaltar y a poner como la máxima cima su inteligencia (cómo no, si su naturaleza preventiva y temeraria ve con horror el ímpetu y las acciones precipitadas de los nobles) resaltando nuestra parte apolínea, dejando atrás la dionisiaca viendo en esta algo corrupto y ajeno a nuestra naturaleza... aplicando aun en nosotros mismos(o ellos mismos para seguir el hilo redactor) esta mirada de exclusión poniendo a partes que antiguamente confluían juntas, como antónimos, naciendo nuestra concepción de bueno y malo como contrarios. Es entonces cuando el famoso «usted es malo luego yo soy bueno» adquiere sentido. Logo indiscutible de la moral triunfante, de aquella a la que ahora todos nos referimos como moral, aquella a la que nosotros, seres racionales y orgullosos de todos nuestros avances respondemos como tal.

iPero no hemos llegado con esto al mayor retroceso del hombre! Con frases tan dramáticas y alentadoras para ese pueblo resentido como la famosa libertad de elección y su virtud renunciadora pasó lo impensable:

Para ellos es virtud aquello que se trasforma en modesto y domesticado, ellos han hecho del lobo un perro, y del mismo hombre el mejor animal doméstico del hombre.²

iQué mejor estrategia de dominación que el ponernos a todos bajo la misma condición! Al resaltar únicamente nuestra parte apolínea –agradezcámosle a nuestro padre Descartes su distinción entre res extensa y res pensante– y reprimir aun más nuestra parte dionisiaca bajo el precepto délfico de «conócete a ti mismo» que, como bien sabemos adquirió tintes represivos y todo aquello que no contribuyera a formar nuestro ideal –nuestra hermosa apariencia del otro mundo, esa preciosa y eterna fábula– fue desechado o aniquilado, erradicado de nuestra cultura bajo el precepto de maligno, aquello que hacía que nuestra alma se perdiera en su camino hacia la perfección –ascetismo la llamamos ahora–, al punto de que:

Al perder el miedo at hombre hemos también perdido el amor a él³.

Le quitamos al hombre lo más bello que tenía...su capacidad de crear, y al hacer esto lo llevamos a la más horrible masificación, lo llevamos como un cordero castrado hacia los fines de la historia... la modernidad.

¿Cómo contemplamos nosotros, hijos fallidos de esta época utópica y creyente del progreso, sus resultados? Con tristeza y dolor nos damos cuenta que muchas veces nuestros más grandes sueños e ideales pueden llevarnos a oscuros

¿Cómo contemplamos nosotros, hijos fallidos de esta época utópica y creyente del progreso, sus resultados? Con tristeza y dolor nos damos cuenta que muchas veces nuestros más grandes sueños e ideales pueden llevarnos a oscuros senderos como el que culminaría con el holocausto, donde nuestra humanidad vio muy fácil desprenderse de su culpa adjudicándosela a una sola nación.

 


¹ Por noble, como sabemos, Nietzsche nos explicaba más que todo una actitud, aquel intempestivo si dicho a sí mismo, si con toda su tragedia hermosura, si a su parte dionisiaca alejada de ese sesgo cruel que después le pondrÍamos.
² Nietzsche, Así habló Zaratustra.
³ Nietzsche, Genealogía de la Moral.

 
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Es precisamente para esta época para quien escribe Aschenbach, época que aun recuerda los estragos de la extrema jovialidad y brutalidad con la que terminamos el siglo XX y comenzamos el XXI, época que halló en esa extrema crueldad su más grandiosa voluptuosidad.

Sin embargo, ¿cómo es posible que la vida de un escritor, defensor de esa virtud pasiva del resistir –propia de los esclavos– hallara un fin tan grandioso y trágico...como es posible que a los 50 años edad su cuerpo diera un vuelco y lo forzara a complacerlo??? Tarde, ya llegando a su fin, los hombres comprendemos nuestros deseos y es así como inicia el viaje que transformaría a nuestro hermoso «artista ingenuo», productor de bellas quimeras y apariencias en ese ser que al final en ditirámbico goce no vivió más que por la contemplación de la belleza.

La transformación del poeta no fue debida a él mismo, para esto necesitó del mundo exterior, de esa fuerza externa que nunca deja nada impávido, esencia que hace que nuestras alas se agiten y denuncien un único dolor, un único ardor... Esos movimientos irracionales –propios del delirio divino, provocados sin duda por un dios– en el cual, sin embargo, nos abstenemos de dar rienda suelta a nuestros toscos y vulgares sentimientos y nos dedicamos sólo a esa bella contemplación. «Al presente sólo la belleza tiene el privilegio de ser a la vez un objeto tan sorprendente como amable»¹.

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¡Tadrio! ¡Tadrio! Nuestro dulce y hermoso efebo produce hasta ahora lo impensable, hace que dentro de su ser ruja la parte dionisiaca olvidada, ese caballo negro de ojos verdes sangrantes, que se revuelca en nuestro interior demandando una respuesta, una triste respuesta a sus deseos olvidados ya por mucho tiempo. Es aquí cuando cae la apariencia, cuando nuestro precioso poeta se sumerge en los goces contemplativos y empieza(¡cosa impensable en él, ser enjuto y responsable, que desde su juventud no vivió y no pensó en más que pulir esa apariencia!) a deshacerse de sus máscaras y rendirle culto –por no decir pleitesía– a ese bello muchacho cuyos ademanes empezó a aprenderse de memoria.

¿Qué valía la apacible dicha con la que había soñado comparado con la esperanza? ¿Qué valían el arte y la virtud ante la presencia del caos².

Ahora que Aschenbach había encontrado la belleza, todo aquel mundo edificado en grandes y perfectas apariencias de la más sublime forma vacilaban y caían ante el devenir de las nuevas emocionesy conmociones del Dionisos creador; aquel ser que impávido resistía todas las conmociones imponiendo «una valla de contención y dominio de sí mismo, una vida recia,constante y sobria, que él había elaborado en sus obras como la forma sensible del heroísmo moderno» nada pudo hacer contra este dios padre de la embriaguez que ahora lo llenaba y hacía arder –de una forma por primera vez experimentada– sus poros anunciando la muerte de ese hombre organizado que daba paso al desenfreno propio de Eros del cual ni siquiera nuestro bello Apolo pudo escapar.

 


¹ Platón, Fedro.
² Mann Thomas, La muerte en Venecia, p.127.

³ lbíd.

 

El que está fuera de sí, nada aborrece tanto como volver a su propio ser.

¡Qué loco desearía de vuelta sus máscaras! Bien dicen de esta envidiable «enfermedad» que los únicos que la sienten son los demás... ¿Quién entonces cambiaría esos preciosos e inefables sentimientos de goce ante la contemplación de Io bello, por un incierto «bienestar»? ¿Puede acaso existir algún tipo de desasosiego mayor para el amante que la pérdida de su amado? Su amado, ese recuerdo de la eterna y seductora belleza propia de las esencias perfectas no puede estar mejor representada en Tadrio, representante de los anhelos por la hermosa juventud perdida:

Así los dioses para hacernos perceptible lo espiritual suelen servirse de la línea, el ritmo y el color de la iuventud humana, de esa juventud numbada por los mismos dioses para servir de recuerdo y evocación, con todo el brillo de su belleza, de un modo que su visión nos abrasa de dolor y esperanza³.

Si partimos del precepto platónico del deseo como carencia, podremos comprobar cómo el caso de Aschenbach lo cumple... Nosotros los humanos sólo anhelamos aquello que no poseemos, y la juventud al igual que lo demás –bella en su propia efervescencia– es un recurso del cual sin darse cuenta nuestro protagonista fue desposeído... Así, pasaron 50 años para que sintiera por primera vez los favores de Eros, y lo llevarán a cometer los actos más irracionales de los cuales antes, cuando estaba sumido en el sueño apolíneo, se horrorizaba y escandalizaba.
¿No fue acaso esta su reacción al ver al desagradable viejo con ínfulas de joven al iniciar su viaje a Venecia? ¿No es acaso terriblemente irónico el ver cómo este aterrador oráculo de su futuro cumple su misión cuando mirándose con gesto amargo frente al espejo murmuraba por primera vez... ¡Ah! Canas?

Canas. Sí, canas... Terribles recordatorios de lo absurdo y tácito de su pasado, de ese gran esfuerzo en pro de la nada... de su horrible eterno desangre del que hasta ahora, después de contemplar todo lo absurdo y bello que podía ofrecerla su existencia dedicada al culto de su nuevo y precioso ídolo, era consciente.

Gracias a esto, y habiéndose liberado de todas sus máscaras, no iba a dejar que la cruel realidad lo despertara de su embelesamiento, pese a que esta, alarmada ante el vacío hacia el cual se dirigía su bello constructor de apariencias, le mandó en múltiples ocasiones sus desesperados llamados, buscando que su hijo preciado volviera hacia ella y se alejara del hondo y absurdo abismo por el que este se sentía tan atraído. Pero nuestro Aschenbach no podía alejarse de este encantador precipicio, de esta tierna esencia que había pasado a ser el fundamento de su parca existencia, porque ahora hacía parte de esos irracionales seres conocidos como los amantes, hombres apasionados por la belleza, que como él mismo reconocía, no podía andar el camino de la beldad sin que Eros fuera su acompañante.

¿Qué significaba entonces la muerte para aquel que ya tenía su razón de ser?... ¿Qué importaba lo tarde o temprano que llegara si cuando esta hiciera presencia estaría cerca de su bello mancebo? ¿¿Qué es lo que con tanto ahínco nos concentramos en preservar?? ¿No lo tenía todo al lado de Tadrio y su magnífica sonrisa? Pese a la embriaguez, sus pensamientos fueron claros y profundos, pensamientos poderosos que sellaron así su precioso destino.

Tal vez nuestra alma encerrada aun en lo oscuro de las formas y de su tajante armonía no lo comprenderá o quizás lo hallará absurdo e incluso ridículo... Pero,
¿cómo nosotros, seres empobrecidos, alejados de la belleza y de su hermoso delirio podríamos comprenderlo? La muerte en Venecia es, sin duda, un precioso libro lleno de sentimientosy emotividad que nos muestra ese paso de la racionalidad a la vitalidad gratificante de la individualidad, de ese colectivo apolíneo de nuestra sociedad al divino vuelco sobre nosotros mismos dando cabida a nuestra otra parte, aquella reprimiday legada al fondo de nuestro ser.

 

Alejandra Figueroa Suárez
Aleja087@gmail.com

 
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