Es precisamente para esta época para quien escribe Aschenbach, época
que aun recuerda los estragos de la extrema jovialidad y brutalidad con
la que terminamos el siglo XX y comenzamos el XXI, época que halló en
esa extrema crueldad su más grandiosa voluptuosidad.
Sin embargo, ¿cómo es posible que la vida de un escritor,
defensor de esa virtud pasiva del resistir –propia de los esclavos– hallara
un fin tan grandioso y trágico...como es posible que a los 50
años edad su cuerpo diera un vuelco y lo forzara a complacerlo???
Tarde, ya llegando a su fin, los hombres comprendemos nuestros deseos
y es así como inicia el viaje que transformaría a nuestro
hermoso «artista ingenuo», productor de bellas quimeras y
apariencias en ese ser que al final en ditirámbico goce no vivió más
que por la contemplación de la belleza.
La transformación del poeta no fue
debida a él mismo,
para esto necesitó del mundo exterior, de esa fuerza externa que
nunca deja nada impávido, esencia que hace que nuestras alas se
agiten y denuncien un único dolor, un único ardor... Esos
movimientos irracionales –propios del delirio divino, provocados
sin duda por un dios– en el cual, sin embargo, nos abstenemos de
dar rienda suelta a nuestros toscos y vulgares sentimientos y nos dedicamos
sólo a esa bella contemplación. «Al presente sólo
la belleza tiene el privilegio de ser a la vez un objeto tan sorprendente
como amable»¹.

¡Tadrio! ¡Tadrio! Nuestro dulce y hermoso efebo produce
hasta ahora lo impensable, hace que dentro de su ser ruja la parte dionisiaca
olvidada, ese caballo negro de ojos verdes sangrantes, que se revuelca
en nuestro interior demandando una respuesta, una triste respuesta a
sus deseos olvidados ya por mucho tiempo. Es aquí cuando cae la
apariencia, cuando nuestro precioso poeta se sumerge en los goces contemplativos
y empieza(¡cosa impensable en él, ser enjuto y responsable,
que desde su juventud no vivió y no pensó en más
que pulir esa apariencia!) a deshacerse de sus máscaras y rendirle
culto –por no decir pleitesía– a ese bello muchacho
cuyos ademanes empezó a aprenderse de memoria.
¿Qué valía la apacible
dicha con la que había
soñado comparado con la esperanza? ¿Qué valían
el arte y la virtud ante la presencia del caos².
Ahora que Aschenbach había encontrado
la belleza, todo aquel mundo edificado en grandes y perfectas apariencias
de la más sublime forma
vacilaban y caían ante el devenir de las nuevas emocionesy conmociones
del Dionisos creador; aquel ser que impávido resistía todas
las conmociones imponiendo «una valla de contención y dominio
de sí mismo, una vida recia,constante y sobria, que él había
elaborado en sus obras como la forma sensible del heroísmo moderno» nada
pudo hacer contra este dios padre de la embriaguez que ahora lo llenaba
y hacía arder –de una forma por primera vez experimentada– sus
poros anunciando la muerte de ese hombre organizado que daba paso al
desenfreno propio de Eros del cual ni siquiera nuestro bello Apolo pudo
escapar.
¹ Platón, Fedro.
² Mann Thomas, La muerte en Venecia, p.127.
³ lbíd.
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El que está fuera de sí, nada
aborrece tanto como volver a su propio ser.
¡Qué loco desearía de vuelta sus máscaras!
Bien dicen de esta envidiable «enfermedad» que los únicos
que la sienten son los demás... ¿Quién entonces
cambiaría esos preciosos e inefables sentimientos de goce ante
la contemplación de Io bello, por un incierto «bienestar»? ¿Puede
acaso existir algún tipo de desasosiego mayor para el amante que
la pérdida de su amado? Su amado, ese recuerdo de la eterna y
seductora belleza propia de las esencias perfectas no puede estar mejor
representada en Tadrio, representante de los anhelos por la hermosa juventud
perdida:
Así los dioses para hacernos perceptible
lo espiritual suelen servirse de la línea, el ritmo y el color
de la iuventud humana, de esa juventud numbada por los mismos dioses
para servir de recuerdo y evocación, con todo el brillo de su
belleza, de un modo que su visión nos abrasa de dolor y esperanza³.
Si partimos del precepto platónico del deseo como carencia, podremos
comprobar cómo el caso de Aschenbach lo cumple... Nosotros los
humanos sólo anhelamos aquello que no poseemos, y la juventud
al igual que lo demás –bella en su propia efervescencia– es
un recurso del cual sin darse cuenta nuestro protagonista fue desposeído...
Así, pasaron 50 años para que sintiera por primera vez
los favores de Eros, y lo llevarán a cometer los actos más
irracionales de los cuales antes, cuando estaba sumido en el sueño
apolíneo, se horrorizaba y escandalizaba.
¿No fue acaso esta su reacción al ver al desagradable viejo con ínfulas
de joven al iniciar su viaje a Venecia? ¿No es acaso terriblemente irónico
el ver cómo este aterrador oráculo de su futuro cumple su misión
cuando mirándose con gesto amargo frente al espejo murmuraba por primera
vez... ¡Ah! Canas?
Canas. Sí, canas... Terribles recordatorios de lo absurdo y tácito
de su pasado, de ese gran esfuerzo en pro de la nada... de su horrible
eterno desangre del que hasta ahora, después de contemplar todo
lo absurdo y bello que podía ofrecerla su existencia dedicada
al culto de su nuevo y precioso ídolo, era consciente.
Gracias a esto, y habiéndose liberado de todas sus máscaras,
no iba a dejar que la cruel realidad lo despertara de su embelesamiento,
pese a que esta, alarmada ante el vacío hacia el cual se dirigía
su bello constructor de apariencias, le mandó en múltiples
ocasiones sus desesperados llamados, buscando que su hijo preciado volviera
hacia ella y se alejara del hondo y absurdo abismo por el que este se sentía
tan atraído. Pero nuestro Aschenbach no podía alejarse de
este encantador precipicio, de esta tierna esencia que había pasado
a ser el fundamento de su parca existencia, porque ahora
hacía parte de
esos irracionales seres conocidos como los amantes, hombres
apasionados por la belleza, que como él mismo reconocía,
no podía andar el camino de la beldad sin que Eros fuera su acompañante.
¿Qué significaba entonces la muerte para aquel que ya
tenía su razón de ser?... ¿Qué importaba
lo tarde o temprano que llegara si cuando esta hiciera presencia estaría
cerca de su bello mancebo? ¿¿Qué es lo que con tanto
ahínco nos concentramos en preservar?? ¿No lo tenía
todo al lado de Tadrio y su magnífica sonrisa? Pese a la embriaguez,
sus pensamientos fueron claros y profundos, pensamientos poderosos que
sellaron así su precioso destino.
Tal vez nuestra alma encerrada aun en lo oscuro
de las formas y de su tajante armonía no lo comprenderá o quizás lo hallará absurdo
e incluso ridículo... Pero,
¿cómo nosotros, seres empobrecidos, alejados de la belleza y
de su hermoso delirio podríamos comprenderlo? La muerte en Venecia es,
sin duda, un precioso libro lleno de sentimientosy emotividad que nos muestra
ese paso de la racionalidad a la vitalidad gratificante de la individualidad,
de ese colectivo apolíneo de nuestra sociedad al divino vuelco sobre
nosotros mismos dando cabida a nuestra otra parte, aquella reprimiday legada
al fondo de nuestro ser.
Alejandra
Figueroa Suárez
Aleja087@gmail.com
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