La pasión del hombre por el hombre, por esa disonancia hecha
carne, ha abierto en algunas soledades profundas heridas y fluyentes
manantiales. A través de los tiempos el hombre ha agotado las
palabras tratando de desenredar la telaraña de lo humano, acaso
enredándola más, a caso pereciendo enredado.
En la construcción de nuestra imagen del alma han intervenido
todo tipo de arquitectos y de arquitecturas. Las distintas culturas han
creado una idea del hombre que refleja su espíritu, sus fisuras
y paradojas, así como sus más grandes anhelos. Sófocles
y Shakespeare son dos de los más importantes paradigmas de la
arquitectura humana, símbolo de sus culturas al tiempo que iluminados
intempestivos. Estos hombres han esculpido y retratado como pocos la
forma y el gesto propios de su época. Han despojado las palabras
del compromiso con la verdad haciendo un uso más honesto, más
humano de ideas como el destino y la libertad para darle vida a dos de
sus personajes, Edipo y Macbeth. Estos héroes son dos caras, dos
visiones de lo que el hombre tiene por decir de las fuerzas del universo
y de las fuerzas que en su interior habitan, de lo que nos está permitido
pensar y hacer dentro de las posibilidades de nuestra existencia y en
la búsqueda de un propósito para la misma.
Los griegos construyeron, como ninguna otra
cultura, un espejismo para protegerse del pensamiento trágico. Por siglos agotaron su talento
artístico en la configuración de la belleza como ideal.
Homero es el símbolo por excelencia de esta empresa, el artista
ingenuo es todo ilusión apolínea.
Los griegos eran superfluos de puro profundos¹.
Esa es la sabiduría implícita en eso que llamamos jovialidad griega.
Pero tal jovialidad también irradiaba otras facetas del heleno,
nos referimos concretamente a su dimensión ética: Apolo
como divinidad ética formula el precepto del límite y la
mesura, el equilibrio de la escultura, de la matemática euclidiana,
se convierte también en un deber ser de las acciones
del individuo.
La filosofía griega es también
producto de un alma apolínea.
El surgimiento de Sócrates es la expresión más característica
de esta lectura del mundo. La exigencia del conócete a ti mismo marcha
paralela a la necesidad estética de la belleza, entendida como equilibrio. “Nada
en demasía” es una de las inscripciones contenidas en el templo
de Apolo en Delfos y, para seguir este apolíneo lineamiento de mesura,
debemos poner en práctica el conocimiento propio, el conocimiento
de sí mismos. Sin embargo, Sócrates es condenado, sus enseñanzas
son corruptoras de la juventud, la antropología y la psicología
del propio conocimiento eran una seria amenaza para lo jovial, lo alegre
y juvenil de los griegos. Basta con una mirada a la cultura occidental,
a la que Spengler denomina como psicológica, para entender por qué podían
ser calificadas de tal modo sus enseñanzas².
Hoy un filósofo socrático tal vez haría un uso distinto
de las inscripciones délficas diciendo conócete a ti mismo,
pero no demasiado³.
¹ Spengler retoma la célebre afirmación nietzscheana en su capítulo de la forma deI alma..
² No queremos aquí hacer referencia al trasfondo político de la condena de Sócrates, estas afirmaciones son más bien interpretaciones que plantean la tensión inmanente entre ética y estética. Sobre este punto estimo conveniente revisar el texto de Thomas Mann, La filosofía Nietzsche a la luz de nuestra experiencia..
³ En el Nacimiento de la tragedia, Nietzsche responde a las palabras socráticas con este juego de palabras.
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Aunque haya puesto en entredicho las expresiones
socráticas y
haya tenido por entendible los motivos de su condena, considero, en cambio,
que lo que siguió en Grecia fue una reivindicación de las
palabras socráticas. Eran tiempos de fe en la apolínea
razón, de confianza en las posibilidades de explicarlo todo por
principios lógicos de causalidad, la lógica aristotélica
es clara evidencia de ello. Es una época de optimismo filosófico,
de finales felices, un periodo cómico.

Pero la ilusión de algún modo no pudo
serlo para siempre y en todo lugar, ese otro del que poco o nada sabemos.
Dionisos tenía
algo que expresar también en el arte griego4 a
la sabiduría de Sileno5 reza
al igual que la de Sófocles que lo mejor para el hombre es no
haber nacido. El pensamiento pesimista, la filosofía del sufrimiento
hizo de la tragedia su medio de expresión. Es aquí donde
se expone de manera más desgarradora la pérdida de confianza
en el futuro que padece una cultura decadente. El destino se alza como
una fuerza sobrehumana a la que están encadenados los mismos dioses
y de la que no tenemos salida, el oráculo sentencia de manera
inapelable nuestro porvenir, y los actos humanos que pretenden contrariar
ese destino, conducen, por el contrario, de manera más acelerada
su realización.
La caverna de lo humano es, parafraseando a Hamlet,
una región no
descubierta de cuyos límites ningún viajero regresa nunca. Y
es en esa región apta sólo para los más osados espeleólogos
donde ha surgido la pregunta por el destino y por la libertad, pregunta
cuya respuesta hemos buscado en el hundimiento o en las más altas
cimas, y para la que cada cultura tiene algo por decir. Edipo es eso que
Sófocles tenía por decir, es la creación de un iniciado
en el misterio de las leyes que rigen lo humano, y es reflejo de la posición
de toda una cultura.
¹ El problema de las generalizaciones, que es un problema de las lecturas que Spengler hace de las culturas, es que todas sus manifestaciones culturales, valga Ia redundancia, se miden con la misma vara y se desconoce el papel que algunas de esas manifestaciones cumplen proponiendo perspectivas diversas. No niego que la tragedia griega tenga características evidentemente apolíneas, al fin y al cabo era griega, pero por así decirlo, es una de las expresiones más fáusticas de Apolo, es apolíneo-dionisiaca.
² En la mitología griega Sileno era un viejo sátiro, dios menor de la embriaguez. Era el padre adoptivo, preceptor y leal compañero de Dioniso, el dios del vino, al tiempo que era descrito como el más viejo, sabio y borracho de sus seguidores. Se decía que cuando estaba ebrio Sileno poseía una sabiduría especial y el don de la profecía. El rey frigio Midas estaba ansioso por aprender de Sileno y capturó al anciano echando licor a una fuente de la que Sileno solía beber. Cuando cayó dormido, los sirvientes del rey le agarraron y llevaron a su señor. Sileno compartió con el rey una filosofía pesimista: que lo mejor para un hombre es no nacer y que, si nacía, debía morir lo más pronto posible.
³ Estos pequeños círculos son el reflejo de un pensamiento psicológico, parecen sacados de nuestros grupos intelectuales a los que tiene Spengler por muy fáusticos.
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