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La tragedia en Edipo y Macbeth, otra mirada a la existencia
por Omar Felipe Rangel


 

La pasión del hombre por el hombre, por esa disonancia hecha carne, ha abierto en algunas soledades profundas heridas y fluyentes manantiales. A través de los tiempos el hombre ha agotado las palabras tratando de desenredar la telaraña de lo humano, acaso enredándola más, a caso pereciendo enredado.

En la construcción de nuestra imagen del alma han intervenido todo tipo de arquitectos y de arquitecturas. Las distintas culturas han creado una idea del hombre que refleja su espíritu, sus fisuras y paradojas, así como sus más grandes anhelos. Sófocles y Shakespeare son dos de los más importantes paradigmas de la arquitectura humana, símbolo de sus culturas al tiempo que iluminados intempestivos. Estos hombres han esculpido y retratado como pocos la forma y el gesto propios de su época. Han despojado las palabras del compromiso con la verdad haciendo un uso más honesto, más humano de ideas como el destino y la libertad para darle vida a dos de sus personajes, Edipo y Macbeth. Estos héroes son dos caras, dos visiones de lo que el hombre tiene por decir de las fuerzas del universo y de las fuerzas que en su interior habitan, de lo que nos está permitido pensar y hacer dentro de las posibilidades de nuestra existencia y en la búsqueda de un propósito para la misma.

Los griegos construyeron, como ninguna otra cultura, un espejismo para protegerse del pensamiento trágico. Por siglos agotaron su talento artístico en la configuración de la belleza como ideal. Homero es el símbolo por excelencia de esta empresa, el artista ingenuo es todo ilusión apolínea.

Los griegos eran superfluos de puro profundos¹. Esa es la sabiduría implícita en eso que llamamos jovialidad griega. Pero tal jovialidad también irradiaba otras facetas del heleno, nos referimos concretamente a su dimensión ética: Apolo como divinidad ética formula el precepto del límite y la mesura, el equilibrio de la escultura, de la matemática euclidiana, se convierte también en un deber ser de las acciones del individuo.

La filosofía griega es también producto de un alma apolínea. El surgimiento de Sócrates es la expresión más característica de esta lectura del mundo. La exigencia del conócete a ti mismo marcha paralela a la necesidad estética de la belleza, entendida como equilibrio. “Nada en demasía” es una de las inscripciones contenidas en el templo de Apolo en Delfos y, para seguir este apolíneo lineamiento de mesura, debemos poner en práctica el conocimiento propio, el conocimiento de sí mismos. Sin embargo, Sócrates es condenado, sus enseñanzas son corruptoras de la juventud, la antropología y la psicología del propio conocimiento eran una seria amenaza para lo jovial, lo alegre y juvenil de los griegos. Basta con una mirada a la cultura occidental, a la que Spengler denomina como psicológica, para entender por qué podían ser calificadas de tal modo sus enseñanzas². Hoy un filósofo socrático tal vez haría un uso distinto de las inscripciones délficas diciendo conócete a ti mismo, pero no demasiado³.


¹ Spengler retoma la célebre afirmación nietzscheana en su capítulo de la forma deI alma..
² No queremos aquí hacer referencia al trasfondo político de la condena de Sócrates, estas afirmaciones son más bien interpretaciones que plantean la tensión inmanente entre ética y estética. Sobre este punto estimo conveniente revisar el texto de Thomas Mann, La filosofía Nietzsche a la luz de nuestra experiencia..
³ En el Nacimiento de la tragedia, Nietzsche responde a las palabras socráticas con este juego de palabras.

 

 

Aunque haya puesto en entredicho las expresiones socráticas y haya tenido por entendible los motivos de su condena, considero, en cambio, que lo que siguió en Grecia fue una reivindicación de las palabras socráticas. Eran tiempos de fe en la apolínea razón, de confianza en las posibilidades de explicarlo todo por principios lógicos de causalidad, la lógica aristotélica es clara evidencia de ello. Es una época de optimismo filosófico, de finales felices, un periodo cómico.

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Pero la ilusión de algún modo no pudo serlo para siempre y en todo lugar, ese otro del que poco o nada sabemos. Dionisos tenía algo que expresar también en el arte griego4 a la sabiduría de Sileno5 reza al igual que la de Sófocles que lo mejor para el hombre es no haber nacido. El pensamiento pesimista, la filosofía del sufrimiento hizo de la tragedia su medio de expresión. Es aquí donde se expone de manera más desgarradora la pérdida de confianza en el futuro que padece una cultura decadente. El destino se alza como una fuerza sobrehumana a la que están encadenados los mismos dioses y de la que no tenemos salida, el oráculo sentencia de manera inapelable nuestro porvenir, y los actos humanos que pretenden contrariar ese destino, conducen, por el contrario, de manera más acelerada su realización.

La caverna de lo humano es, parafraseando a Hamlet, una región no descubierta de cuyos límites ningún viajero regresa nunca. Y es en esa región apta sólo para los más osados espeleólogos donde ha surgido la pregunta por el destino y por la libertad, pregunta cuya respuesta hemos buscado en el hundimiento o en las más altas cimas, y para la que cada cultura tiene algo por decir. Edipo es eso que Sófocles tenía por decir, es la creación de un iniciado en el misterio de las leyes que rigen lo humano, y es reflejo de la posición de toda una cultura.

 



¹ El problema de las generalizaciones, que es un problema de las lecturas que Spengler hace de las culturas, es que todas sus manifestaciones culturales, valga Ia redundancia, se miden con la misma vara y se desconoce el papel que algunas de esas manifestaciones cumplen proponiendo perspectivas diversas. No niego que la tragedia griega tenga características evidentemente apolíneas, al fin y al cabo era griega, pero por así decirlo, es una de las expresiones más fáusticas de Apolo, es apolíneo-dionisiaca.
² En la mitología griega Sileno era un viejo sátiro, dios menor de la embriaguez. Era el padre adoptivo, preceptor y leal compañero de Dioniso, el dios del vino, al tiempo que era descrito como el más viejo, sabio y borracho de sus seguidores. Se decía que cuando estaba ebrio Sileno poseía una sabiduría especial y el don de la profecía. El rey frigio Midas estaba ansioso por aprender de Sileno y capturó al anciano echando licor a una fuente de la que Sileno solía beber. Cuando cayó dormido, los sirvientes del rey le agarraron y llevaron a su señor. Sileno compartió con el rey una filosofía pesimista: que lo mejor para un hombre es no nacer y que, si nacía, debía morir lo más pronto posible.
³ Estos pequeños círculos son el reflejo de un pensamiento psicológico, parecen sacados de nuestros grupos intelectuales a los que tiene Spengler por muy fáusticos.

 
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Es una época de transición la que acompaña la creación de la tragedia de Edipo, la moral y ética griegas tradicionales promueven también el ideal del equilibrio, pero creen que tal equilibrio se alcanza respetando las sentencias del oráculo, respetando la religión, sometiéndose con resignación al destino. Sin embargo, la juventud está cambiando de parecer, son cada vez más comunes los grupos de pensadores que se reúnen en pequeños círculos para discutir sobre esa mesura6 Están, entre ellos, los grupos órficos, pitagóricos, sofísticos y demás. Son grupos que divulgan otro tipo de conocimientos traídos del Medio Oriente. Estos grupos no acatan, reflexionan e idealizan esa actitud reflexiva considerando que ella es la fuente para alcanzar tal equilibrio. Edipo en su tragedia es entonces símbolo de esa juventud griega que ha sobrepuesto su conocimiento racional al conocimiento intuitivo y religioso que está simbolizado por la esfinge.

¿Qué tiene por decir el artista trágico a la juventud de su tiempo?

Este es Edipo, el que adivinó los famosos enigmas y era un varón poderosísimo. ¿Quién no miraba con envidia sus fortunas? ¡En qué torbellino de tremendas desgracias se ve envuelto! Así que deben ponerse los ojos en el último día y no proclamarse feliz a ningún mortal, antes de llegar al término de su vida sin haber sufrido desgracia alguna7.

 

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Edipo, el personaje más doliente de la tragedia griega, es concebido por Sófocles como el hombre que pese a su sabiduría está destinado al error y a la miseria. Dar respuesta a los enigmas de la esfinge, tener ese profundo conocimiento del universo no es sinónimo de controlar las fuerzas que lo rigen, ni puede tampoco evitar que el hombre, cuando se siente ya no favorecido por ellas sino abatido, sufra. La pregunta por la felicidad es, igualmente, sometida a serio examen. Adentrarse en lo humano con la lámpara del conocimiento no nos permitirá encontrar la felicidad, pues no se revela ésta, no se revela, a tan extraña luminosidad. También hay una advertencia para quienes tienen fe ciega en las posibilidades del conocimiento. El conocimiento de las causas suele tener efectos desgarradores sobre quien indaga en ellas, era un mensaje para los cartesianos de su época.


¹Sentencia de El Corifeo con la que termina Edipo Rey.

 

Los actos fatales que han desencadenado la desgracia de Edipo dan origen no sólo a una desgracia, por qué no pensarlos como el origen del hombre del conocimiento. El hombre con la capacidad de comprender los misterios de la naturaleza es un hombre predestinado a contrariarla y a perecer por lo que el destino le tiene deparado a quien practica acción tan temeraria, a quien perturba el orden del universo. El conocimiento como el fruto de contrariar a la naturaleza, como lo contranatural. Esta es otra sentencia trágica para el hombre racional de su tiempo. El conocimiento profundo de las causas se vuelve contra quien lo posee, porque no todas las preguntas tienen que buscar ser respondidas. Edipo bien podría ser eI maldito con el conocimiento por sus actos. Sócrates puede tener otra percepción de lo que se hace en nombre del conocimiento y dejar a un lado el calificativo de virtud, ahora, después de su muerte.

Macbeth es otra propuesta, es, a diferencia de Edipo, el maldito por el conocimiento de sus actos, no el maldito con el conocimiento por sus actos. Edipo mata a su padre y , luego, vence a la esfinge. Macbeth es perturbado por su reflexión, pero la ambición puede más, mata a Duncan y el remordimiento acaba por ceder. Para restaurar el equilibrio perturbado por la muerte de Layo, Edipo es ungido del conocimiento racional que vence a la esfinge, pero que también lo lleva a Tebas para continuar desencadenando sucesos trágicos a través de los cuales el destino deja todo otra vez en orden. El afán de conocimiento es fuente de lo trágico pero no es lo trágico en sí, hablando en términos socráticos8.

Lo trágico en Edipo es la acción, el doliente personaje padece a consecuencia de sus acciones. En Macbeth lo trágico es el pensamiento, la reflexión que antecede y sigue a la acción, no el acto. En Edipo rey el triunfo del pensamiento se simboliza a través de una acción épica, la victoria frente a la esfinge, inclusive el acto de pensar tiene que ser exteriorizado y traducido a una lucha heroica visible hace parte de unos sucesos pero no es de por sí lo trágico. En cambio en Macbeth, y en otras obras de Shakespeare, el triunfo del pensamiento no es uno más de los sucesos, es la obra toda. Su obra es la tragedia del pensamiento.

Edipo es el producto de un iluminado que anticipaba el destino del filósofo. Shakespeare no parece anticipar ese destino, parece tenerlo en frente. Quien conoce siente náuseas de obrar. El conocimiento mata el obrar, para obrar es preciso hallarse envuelto bajo el velo de la ilusión. Ese velo fue para los griegos la belleza. Como ninguna otra cultura, tejieron su ideal, eso es lo que de melancólico tiene una mirada a los griegos, ya no tenemos su capacidad de acción por la mera belleza del acto. Hamlet sucumbe porque no encontró un velo ilusorio. Macbeth lo tiene, sólo que ya no es la belleza, para constatación de nuestra podredumbre, es la ambición y el poder.

El contexto europeo de los siglos XVl y XVll es muy similar al de la época de los grandes trágicos griegos. Son años de confianza en la apolínea razón. Ya no tenemos la deducción de Aristóteles, pero tenemos a Bacon y su inducción empírica. La religión siente también como una fuerte amenaza este cientificismo. Son épocas de intensas luchas religiosas, de cismas, en fin. Y es en estas circunstancias que nace Shakespeare, en abierto desafío contra su tiempo. La pregunta por el destino es aquí reemplazada o más bien replanteada, en tanto que los móviles a los cuales se supedita parecen no venir ya de un orden superior, sino de un entramado de fuerzas que habitan dentro del héroe, las pasiones, las emociones y los sentimientos. La desconfianza en el conocimiento parece la de uno de los denominados filósofos de la sospecha.


¹Considero conveniente reivindicar un poco la memoria de Sócrates. Lo socrático es, si se trata de hablar con precisión, platonismo. Sócrates no escribió y eso dice de su filosofía lo que no se puede de casi ninguna, que estaba despojada de la vanidad del escritor.

 
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Shakespeare es un esclarecido pensador del Renacimiento, su lectura del mundo parece comprender cada defecto. Sus personajes, torturados unas veces por la ebullición de sus ideas, otras por el inconsciente, o simplemente obnubilados por el poder, la emoción y el sentimiento, se enfrentan con las verdades más desalentadoras de la experiencia. Son un espejo del desgarramiento del hombre entre pensamiento y acción, abrumado por la conciencia moral de sus actos.

Su obra, en comparación con la griega, no sólo puede pensarse como la tragedia del pensamiento, también es la tragedia de la libertad. No es el destino quien trae la catástrofe como si viniera de fuera, esta parece surgir de la naturaleza moral y la libertad del ambicioso Macbeth. Libre es el accionar de Macbeth, a diferencia de los griegos, porque estos aunque obraran libremente, lo hacían en todo caso dependiendo siempre de ciertas instancias superiores como el Estado, la familia y el destino9. En la tragedia de Shakespeare, al tener como protagonista un héroe reflexivo, tenemos a un individuo cuya reflexión sobre sí mismo lo aísla de ese Estado, esa familia y ese destino. Macbeth ya no siente su catástrofe como espontánea, es producto de sus propias acciones no de fuera.

No hay un abismo más profundo que el que está ante nosotros cuando tratamos de abordar la pregunta por lo humano. En eso que al principio denominamos arquitectura humana están presentes una pluralidad de sentimientos, pensamientos y emociones. En su construcción, evidentemente imperfecta e inacabada, han intervenido todo tipo de creencias, la creencia, en unas fuerzas superiores al hombre que determinan la medida de lo humano y la confianza en nuestras propias fuerzas como forjadoras del porvenir. Estas creencias tienen tanta importancia para nuestra existencia que todas las culturas las han desarrollado, la mayoría desde el plano de la idealización, pero muy pocas  desde el plano de la honestidad. Sófocles y Shakespeare hacen parte del grupo de los pocos que han retratado a la humanidad en tal forma. Sus personajes, Edipo y Macbeth, son reflejo de todo lo que en nuestra alma bulle y del mundo que nos rodea. Arrojados al mundo, constatan que la única certeza humana es el desgarramiento, bien sea por nuestros pensamientos o acciones, por las fuerzas del destino o por las fuerzas que nos habitan, que doblegan el precario mundo de la razón y de lo explicable y roban nuestra posibilidad de libertad.


¹ Tomado del texto de Sóren Kierkegaard La tragedia.

 

Julio-Cortázar

Omar Felipe Rangel
piperangel84@myway.com


 
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