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SIN SUR NI DESPUÉS Y OTROS TEXTOS
Acaba de salir publicado el más reciente libro de Carlos Arnulfo Arias Mendoza, compañero de viaje de este programa de Literatura Virtual. Aquí va una muestra de esta obra, que esperamos sea acogida por los lectores con el mismo esmero en que ha sido puesta a la luz pública.

 

HISTORIA OFICIAL

No siempre los oráculos aciertan y, aunque
no se equivocan del todo, sus palabras
corren suertes locas que las trastocan.
El vestido de harapos puede ser el vestigio
de los brocados que alguna vez pertenecieron
a la princesa del silencio y los labios exangües.

La verdad es que no creo que vuelva a verla viva.

Cuando entré, la sala estaba realmente ordenada.
            No había ningún altar levantado a la vida ni a la muerte. La pequeña lámpara, que siempre permanece sobre nuestra mesa de madera, estaba encendida. Había un acetato girando en el tornamesa. El último cigarrillo estaba consumido, pero se notaba que sólo había recibido un par de chupadas porque la ceniza estaba pegada al filtro sin haber sido sacudida, entera.

Ella estaba recostada en el sillón de la sala de estudio, vestida con un traje rojo, largo. Uno de sus pies, desnudo, asomaba bajo la falda. Tenía el pelo echado sobre la cara.
            Me acerqué a besarla y, cuando toqué su hombro, ella se desgonzó. En ese momento reconocí el olor dulzón de la sangre mezclada con el de tabaco que siempre impregnó nuestro apartamento. No la besé. Tenía las manos cruzadas, con las palmas sobre el regazo. Se las tomé... Y entonces vi o creí ver que la sangre todavía escapaba por sus heridas en la muñeca izquierda. Coloqué de nuevo sus manos como estaban y enloquecí.

El teléfono no daba tono.
            Salí al corredor y llegué hasta el ascensor que estaba cerrado. Oprimí el botón de llamado. Se demoraba. Pateé la puerta y corrí escaleras abajo hasta la recepción. Le dije al portero Vera se suicidó y desde su teléfono llamé una ambulancia. Eso es todo, sargento.

 

 

 

 

 

 

 

Sin_sur_ni_después

 

TIEMPOS ARRASADOS

No hay por qué fiarse de las cicatrices. Ellas no son siempre sinónimo de valentía, arrojo, aventura, ni siquiera de impulso. Muchas veces (en realidad bastantes) son sólo el resultado de simples accidentes, agigantados a punta de imaginación exacerbada por el deseo de esgrimir algo que nos haga interesantes. No puedo negarme a recordar Coming Home.

Todo se ha ido desdibujando, incluso ese día.
            Cuando uno quiere olvidar, olvida. Es más, no sólo se olvida sino que si es necesario se remplaza (se imagina, se crea y se lo cree). Definitivamente hemos aguantado mucho o hacemos mucho por aguantar, pero aguantamos.

La noche estaba al borde de envolverlo todo.
            La refriega estaba prácticamente terminada. Ya no quedaban más que unos esporádicos golpes en el pavimento. Las piedras rebotaban contra el piso e iban a morir en forma irremediable en los escudos que cubrían a unos hombres sudorosos que añoraban el descanso.

El sonido fue seco, igual que el golpe en la mejilla.
            Sería bueno aclarar: sólo fuimos testigos del sonido del disparo, porque del roce, preferible a decir golpe, nos vinimos a dar cuenta por la sangre que silenciosa y caliente manaba despacio, casi sin ganas, desde la herida hasta el cuello de la camisa.
            ¿Golpe? No lo tumbó. No lo hizo trastabillar. Ni siquiera lo sacudió. Fue apenas un quemonazo agrandado y opacado a la vez por el miedo. («Todos teníamos miedo de quedar tendidos, no precisamente con la cara al sol. Ninguno de nosotros tenía por completo el pulso firme a la hora de tirar piedra y menos cuando empezaban los disparos».) Y luego vino el orgullo. Y el combate del cual salíamos vencedores. Pamplinas. Mentiras. Nunca hubo héroes en esa jornada y, desde luego, no los puede haber ahora.

Perdimos. Perdimos. Perdimos.

Los minutos fueron pasando.
            La refriega iba cediendo a la noche. Una pedrea más, un día más que se iba esfumando. La historia de ése y otros días de la misma época es fácil: al fin y al cabo llegaba la noche y con ella las ganas de descansar.

La noche llega y los brazos cansados, de parte y parte,  se tienen que marchar dejando en la calle el olor de los gases lacrimógenos, el asfalto lleno de piedras, una que otra hoja de papel arrastrada por el viento, algún tacho de basura volteado, zapatos ahora sin dueño y el rumor de las pisadas agitadas flotando en la memoria de cada uno de los que se marchan.

Perdimos. Perdimos. Perdimos.

 
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Página 2.

 

NOVIEMBRE 7 DE 1985

 

Los disparos suenan, retumban.
            Las cureñas retroceden a cada trallazo.
            Las paredes cimbran a cada impacto.
            Las balas silban.

Y él, él está ahí, metido en esa oquedad que puede ser una tumba. Metido en ese útero frío y oscuro, que teme abandonar, siente miedo, un miedo que le agarrota el cuerpo y que lo hace aferrarse al cemento sucio del intersticio abierto por el tiempo en la cornisa de la torre de esa catedral con su reloj detenido en la hora que ya nadie recuerda. Su corazón palpita a gran velocidad.
            El miedo crece.

Una bala de gran calibre acaba de abrir un boquete en la edificación, que ahora empieza a arder, situada frente al costado norte de la plaza donde el héroe de la patria sigue impávido desde su bronce ecuestre.

La tierra tiembla.
Él, metido en la oquedad, siente que su corazón se ensancha hasta abarcarle todo el cuerpo y que se le estalla. Rueda sobre el cemento y cae vertical, paralelo a la torre.
            El palomo ha muerto de miedo.

 


 

 

DE LOS MURMULLOS, DECIRES, CANTILENAS Y SOTERROS...

 

 

Everywhere I hear the sound
of marching charging people
For summer's here and the time is right
for fighting in the street... Boy
Jagger-Richard, The Rolling Stones, Street Fighting Man

 

 

 

 

Carlos Arnulfo Arias

 

 
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