HISTORIA OFICIAL
No siempre los oráculos
aciertan y, aunque
no se equivocan del todo, sus palabras
corren suertes locas que las trastocan.
El vestido de harapos puede ser el vestigio
de los brocados que alguna vez pertenecieron
a la princesa del silencio y los labios exangües.
La verdad es que no creo que vuelva a verla viva.
Cuando entré,
la sala estaba realmente ordenada.
No había
ningún altar levantado a la vida ni a la muerte. La pequeña lámpara,
que siempre permanece sobre nuestra mesa de madera, estaba encendida. Había
un acetato girando en el tornamesa. El último cigarrillo estaba consumido,
pero se notaba que sólo había recibido un par de chupadas porque
la ceniza estaba pegada al filtro sin haber sido sacudida, entera.
Ella estaba recostada
en el sillón de la sala de estudio, vestida
con un traje rojo, largo. Uno de sus pies, desnudo, asomaba bajo la falda.
Tenía el pelo echado sobre la cara.
Me acerqué a
besarla y, cuando toqué su hombro, ella se desgonzó. En ese momento
reconocí el olor dulzón de la sangre mezclada con el de tabaco
que siempre impregnó nuestro apartamento. No la besé. Tenía
las manos cruzadas, con las palmas sobre el regazo. Se las tomé... Y
entonces vi o creí ver que la sangre todavía escapaba por sus
heridas en la muñeca izquierda. Coloqué de nuevo sus manos como
estaban y enloquecí.
El teléfono
no daba tono.
Salí al
corredor y llegué hasta el ascensor que estaba cerrado. Oprimí el
botón de llamado. Se demoraba. Pateé la puerta y corrí escaleras
abajo hasta la recepción. Le dije al portero Vera se suicidó y
desde su teléfono llamé una ambulancia. Eso es todo, sargento.

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TIEMPOS ARRASADOS
No hay por qué fiarse de las cicatrices. Ellas no son siempre
sinónimo de valentía, arrojo, aventura, ni siquiera de
impulso. Muchas veces (en realidad bastantes) son sólo el resultado
de simples accidentes, agigantados a punta de imaginación exacerbada
por el deseo de esgrimir algo que nos haga interesantes. No puedo negarme
a recordar Coming Home.
Todo se ha ido desdibujando, incluso ese día.
Cuando uno
quiere olvidar, olvida. Es más, no sólo se olvida sino que si
es necesario se remplaza (se imagina, se crea y se lo cree). Definitivamente
hemos aguantado mucho o hacemos mucho por aguantar, pero aguantamos.
La noche estaba al borde de envolverlo todo.
La refriega
estaba prácticamente terminada. Ya no quedaban más que unos esporádicos
golpes en el pavimento. Las piedras rebotaban contra el piso e iban a morir
en forma irremediable en los escudos que cubrían a unos hombres sudorosos
que añoraban el descanso.
El sonido fue seco, igual que el golpe en la mejilla.
Sería
bueno aclarar: sólo fuimos testigos del sonido del disparo, porque del
roce, preferible a decir golpe, nos vinimos a dar cuenta por la sangre que
silenciosa y caliente manaba despacio, casi sin ganas, desde la herida hasta
el cuello de la camisa.
¿Golpe?
No lo tumbó. No lo hizo trastabillar. Ni siquiera lo sacudió.
Fue apenas un quemonazo agrandado y opacado a la vez por el miedo. («Todos
teníamos miedo de quedar tendidos, no precisamente con la cara al sol.
Ninguno de nosotros tenía por completo el pulso firme a la hora de tirar
piedra y menos cuando empezaban los disparos».) Y luego vino el orgullo.
Y el combate del cual salíamos vencedores. Pamplinas. Mentiras. Nunca
hubo héroes en esa jornada y, desde luego, no los puede haber ahora.
Perdimos. Perdimos. Perdimos.
Los minutos fueron pasando.
La refriega
iba cediendo a la noche. Una pedrea más, un día más que
se iba esfumando. La historia de ése y otros días de la misma época
es fácil: al fin y al cabo llegaba la noche y con ella las ganas de
descansar.
La noche llega y los brazos cansados, de parte
y parte, se tienen
que marchar dejando en la calle el olor de los gases lacrimógenos,
el asfalto lleno de piedras, una que otra hoja de papel arrastrada por
el viento, algún tacho de basura volteado, zapatos ahora sin dueño
y el rumor de las pisadas agitadas flotando en la memoria de cada uno
de los que se marchan.
Perdimos. Perdimos. Perdimos.
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