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Así hablaba Zaratustra (Un libro para todos y para ninguno) es un libro escrito entre 1883 y 1885. Zaratustra ha tomado el nombre del antiguo profeta persa que fundó el Zoroastrismo. El libro usa una forma poética de ficción y satiriza a menudo el Nuevo Testamento para explorar muchas de las ideas de Nietzsche. La idea inicial de Nietzsche era estructurar el libro en tres partes, que vieron la luz a lo largo de 1883 y principios de 1884. Tiempo después, en 1885, Nietzsche decidió incluir un cuarto volumen en Así hablaba Zaratustra, el cual iba originalmente destinado a ser la primera parte de una nueva obra, “Mediodía y eternidad”. Esta cuarta parte permaneció circunscrita al círculo de amistades del autor, existía una colección de 40 ejemplares, hasta su publicación en 1890. La obra completa en volumen único, tal cual se conoce en la actualidad, no fue publicada sino hasta 1892. Nietzsche se sirve de la figura de Zaratustra para desarrollar y enlazar los cuatro elementos principales sobre los que se asienta toda su obra y que son exhaustivamente tratados a lo largo de ésta, la muerte de Dios, el superhombre, la voluntad de poder y el eterno retorno de lo idéntico. Zaratustra es un ermitaño que vive recluido en la montaña, donde a lo largo de su retiro reflexiona sobre la vida y la naturaleza del hombre. Una vez siente que es el momento adecuado, decide regresar al mundo para comunicar el fruto de su conocimiento. Esto queda patente al principio del prólogo con la frase: “Estoy hastiado de mi sabiduría como la abeja que ha recogido demasiada miel, tengo necesidad de manos que se extiendan” (Nietzsche, 1885).
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2. Entre todos los escritos de Nietzsche, Así hablaba Zaratustra es considerada la obra fundamental del autor. Con ella cree haber superado toda la literatura preexistente. Dice Nietzsche (1888): “Entre mis escritos ocupa mi Zaratustra un lugar aparte. Con él he hecho a la humanidad el regalo más grande que hasta ahora ésta ha recibido. Este libro, no es sólo el libro más elevado que existe, es también el libro más profundo, nacido de la riqueza más íntima de la verdad”. Puede apreciarse la especie de naturaleza mesiánica que Nietzsche otorga al Zaratustra, “el regalo más grande que la humanidad ha recibido”. El espíritu del estilo en “Así hablaba Zaratustra” es poético y religioso, y en este último aspecto tiene un marcado talante evangélico de los sinópticos. Así mismo muestra un elevado lirismo y gran fantasía. Con la misma intensidad como en la atmósfera bíblica se advierten aires orientales. El legendario profeta Zaratustra “Zoroastro de los persas” no es elegido por casualidad. Sustentador de la moral del "bien" y del "mal" ha de venir ahora a destruirla, a hacerla entrar en el ocaso y la caducidad definitiva. El profeta legendario peregrina entre las páginas en medio de extrañas prédicas, acompañado de dos animales simbólicos, el águila y la serpiente. Extraños también son los personajes que se presentan desde el principio y deambulan con sus mensajes. Nada más lejos de la sarcástica claridad de los restantes textos nietzscheanos. Pero es en esta forma evangélica y antievangélica, a un tiempo, como se presentan los asuntos fundamentales de su filosofía. Zaratustra fue históricamente el ordenador primario de los valores del bien y del mal. Ahora ha de ser el transmutador de esos valores, en una nueva escala inédita en la historia de Occidente. No será el hombre el ejecutante. El hombre es algo que debe ser superado, porque es un ocaso y un puente que debe conducir al “superhombre”. El superhombre encarnará un nuevo tipo de hombre, del cual en la historia ha habido, en determinadas épocas brillantes y excepcionales, sólo atisbos que lo bosquejaban. El superhombre ha de ser un hombre desgajado de toda forma de trasmundo, de todo paradisíaco más allá, de todo mundo celestial. Será fiel a la “tierra”, lo que significa, que será fiel a su destino y a la realidad. La mediocridad de la moral Occidental, vigente desde el triunfo del cristianismo, entrará en su definitivo ocaso. Existen tres elementos que pueden relacionarse, el eterno retorno de lo idéntico, la figura del superhombre y la Transmutación de todos los valores. Respecto al Eterno Retorno, Nietzsche afirma no querer ser confundido con nadie, sí consigo mismo, en la obra habla acerca de la infinita y absoluta repetición de todas las cosas, el autor anticipa la visión de una fiesta que aspira a ver, a presenciar. Se expone que la misión consiste en preparar a la Humanidad un momento de supremo retorno a sí misma, un gran Mediodía en el que pudiese mirar detrás de ella y hacia lo lejano, en que se sustrajera a la dominación del azar y de los sacerdotes y en que se preguntará por primera vez en su conjunto el cómo y el porqué de las cosas.
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3. Con la figura del Superhombre, lo que busca Nietzsche es significar un monstruo de valor y de curiosidad, un aventurero y explorador nato. Se personifica al superhombre, como la unión de las fuerzas más luminosas y más fatales, una auténtica voluntad de potencia, valentía implacable en el terreno espiritual y fuerza ilimitada de sabiduría. Es aquel que, cantando, alguna vez encenderá la luz del futuro. Es el mensajero feliz, y por lo tanto un hombre fatal. El superhombre es el sentido de la tierra. Él es el “Mar” y hace falta ser un “Mar” para poder recoger un “Río” sucio sin ensuciarse a la vez. Es necesario ser un “Mar” para poder recibir un “Río”, sucia corriente sin volverse impuro. Se dice en la obra “Así Hablaba Zaratustra”: “Mirad, yo os enseño el superhombre: él es ese Mar, en él puede sumergirse vuestro gran desprecio”.
La Transmutación de todos los valores, es el tercer elemento, es la forma más elevada del ditirambo. Con la transmutación de todos los valores comienza el fin de las verdades antiguas. El presente elemento es la fórmula para un acto de suprema determinación de sí de la Humanidad. La Transmutación de todos los valores se genera a través del creador, quien primero destruye y rompe valores, para desde ahí construir unos nuevos.
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4. Nietzsche entra en escena como una curiosidad inclasificable, hace presencia el Nietzsche filólogo, el filósofo trágico, el poeta, el científico, el psicólogo y el músico. Se puede afirmar que Nietzsche es el maestro de la música del eterno retorno, y del superhombre. En el cenit de su papel como pensador-cantante pudo considerarse como el órgano de un universo que se crea a sí mismo en las posiciones de autoafirmación de los individuos. Nietzsche propone como su alquimia dionisíaca, el arte de hacer del macho cabrío, del superhombre, un músico. En realidad, Nietzsche nunca quiso deshacerse durante toda su vida de la opinión de que él era en el fondo un compositor que se había visto erróneamente conducido a la literatura. Tal vez la aguda penetración de Nietzsche en el terreno de las sensibilidades intelectuales provenga del hecho de recordar un sueño irrenunciable de la modernidad, él se permitió la libertad, aún cuando a un alto precio, de ser artista en cuanto científico, y científico, en cuanto artista. A causa de su doble actividad, aparentemente sin esfuerzo, como estético investigador e investigador estético, este autor quedó atrapado en la situación de curiosidad inclasificable, que en ningún lugar encontraba su sitio, puesto que no podía pertenecer a ninguno. Argumento esencial el anterior, en la comprensión de Nietzsche. La tesis que parece defender Nietzsche en su obra “Así Hablaba Zaratustra” es que la vida sólo puede ser soportada gracias a la embriaguez y el sueño, gracias a este doble camino del éxtasis, capaz de abrir a los hombres el camino de su propia liberación. El camino de la embriaguez se atribuye al dios Dionisos y sus manifestaciones orgiásticas; el camino del sueño, al dios Apolo con su amor a la claridad, a la visibilidad y a la bella delimitación. A Dionisos pertenece la música y su poder narcótico y catártico; a Apolo, el mito épico con su contemplación feliz y su facilidad visionaria. Ambos caminos, embriaguez o sueño, tienen que ver, por diferentes motivos, con la superación de la individuación, esa fuente de todo sufrimiento. La embriaguez, por su parte, tendría el poder de conducir al individuo fuera de las fronteras de su yo, para disolverlo en el océano de una unidad cósmica de placer y dolor, mientras al sueño se le atribuye la capacidad de transfigurar a los sujetos individualizados como formas necesarias de la existencia bajo la ley de la medida, de los límites y de la bella forma. |
5. El gran tema nietzscheano es la apariencia, el juego entre una apariencia afirmativa, interesada en su impenetrabilidad. Nietzsche pagó un alto precio por su descubrimiento de que Dionisos no sólo se revela como héroe afligido y coro extático, sino también puede irrumpir en el tumulto humano como psicólogo, místico itinerante, filósofo maldito y escritor con estilo.
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6. El que se oculta bajo la máscara apolíneo-dionisíaca y el maestro dionisíaco de la música del eterno retorno, son las posiciones desde donde Nietzsche se decide anunciar de forma profética el advenimiento del Superhombre, quien tendrá que ser capaz de desenmascarar al enmascarado y descifrar la música que el maestro dionisíaco de la música del eterno retorno, ha dejado escrita para ser algún día cantada y bailada.
BIBLIOGRAFÍA Calasso, R. (2001). La literatura y los dioses. Ed. Adelphi, Milán.
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