vikingo

 

1.

Por:
Juan Alberto Cuellar
Estudiante de Literatura Virtual

El día que compré la cama de corteza de abedul en el mercado de las pulgas, el vendedor me aseguró que era originaria de algún país nórdico.


―Aquí vino un hombre extranjero, alto y rubio y, tal vez, por vendérmela a mejor precio, me dijo que su origen era vikingo. Él no tenía idea de cuándo ni en dónde la habían fabricado con exactitud. Yo no le quiero mentir, pero, como usted ve: la cama es de gran calidad― afirmó dándole en su fuerte madera unos golpecitos con los nudillos. También me manifestó el comerciante que había empezado la puja por un valor muy elevado, pero que al final, y de seguro conjeturando que nadie le ofrecería un mejor precio, le rebajó la cuantía a un valor cinco veces menor.


Aunque en las tiendas tradicionales ofrecían camas mucho mejores y de un monto igual, y a pesar de recelar siempre de las cosas usadas, decidí llevarla a mi apartamento esa misma tarde. Me di la forma de empacar cada una de sus piezas en una caja, y alquilé un camión para llevarla. Era muy amplia. El piecero había sido hecho en madera maciza, los laterales eran anchos y se veían muy firmes, la cabecera tenía dos figuras a cada lado que simulaban el perfil de una especie animal indefinida.


Las primeras noches, tal vez por ser las primeras, dormí como un lirón; pero a partir de la segunda semana empecé a notar un ánimo diferente: tenía que levantarme de la cama varias veces a tomar agua; era como si asistiera al gimnasio mientras me hallaba dormido. Y durante el día disponía de un arrojo y energía tal, que me sentía como si estuviera tomando un reconstituyente milagroso.


Los cambios fueron graduales y se dieron durante un tiempo prolongado. De entrada nadie se espantó; es decir, a pesar de las dramáticas transformaciones, nunca cause gran impresión; ni por alguna de mis nuevas costumbres adquiridas, ni por los cambios físicos. Acometí el gimnasio todos los días sin siquiera percibir la más mínima dosis de agotamiento, una gran barba poblada se empezó a incrementar en unas cada vez más sanguíneas mejillas y, además, llegué a crecer unos cuantos centímetros; a pesar de haber dejado la adolescencia varios años atrás.


En los preludios de mis alteraciones vitales, la más contenta ―ya se imaginarán por qué― era mi novia. De ser un tipo vacilante y débil, pasé a ser un hombre brioso y hercúleo. Digo en principio, porque al final terminó dejándome y, en menos de un mes de haberlo hecho, se casó con un actor de teatro enjuto y esmirriado. Exacto a como era yo antes de comprar esa dichosa cama vikinga.

 

 

vikingo

2.

Los cambios no se interrumpieron, todos los viernes ―sólo un día a la semana permitían mis magros ingresos― iba a comer al restaurante de un sueco de nombre Sven Ake que quedaba en el centro de Bogotá, por el viejo barrio de La Candelaria. Siempre pedía platos que Sven me recomendaba con un voluptuoso: «con este plato te sentirás como un toro». Un día comía arenque báltico, otro bacalao y cada vez más el salmón o, en su defecto, un solomillo marinado de reno joven con hueva de löj, uno de mis favoritos.


Hice muy buena amistad con Sven, me gustaba oírlo hablar de cualquier tema de su país. Incluso cada vez me sentía más familiarizado con su cultura. Él decía, por mi interés y nueva fisonomía, que mis ancestros debían provenir de alguna parte del norte de Europa donde habitaron los vikingos. Me daba unas disertaciones sobre ellos que me dejaban hipnotizado.


Cada vez los cambios eran más notorios. Llegaron a tal punto, que mis ojos, de un castaño claro, procedieron a mudar de aires a un azulado. Pero lo peor no era eso: lo más increíble fue que llegué a aceptarlo todo de una manera ingenua. Hasta cuando vi que uno de mis ojos se estaba tornando de un color más claro que el otro y mi mirada adquiría un matiz de crueldad.


En ese punto di cuenta de mí error. Me había retrasado en hacer algo radical. «Por lo pronto debo detener de alguna manera esta metamorfosis. Es lo más sensato», pensé. Aunque en el fondo entendí que tenía tiempo y podía reaccionar con aplomo: el cambio no era tan dramático como el de Gregorio Samsa que se había convertido en cucaracha. Aunque creo, si mal no recuerdo, que fue sólo en un monstruoso insecto. ¿O sería en un escarabajo?


En definitiva era mejor transfigurarse en un vikingo que en una cosa de esas, pensé. Pero llegué a lo más bajo, cuando en una tienda de música pregunté por las canciones del grupo Abba. No es que lo juzgara mal, pero creí que los cambios ya eran caóticos.


Entonces decidí acabar con todo desde su cimiento. Empaqué la cama en una caja de cartón grande y se la lleve al hombre del mercado de las pulgas que me la vendió.


―¡Usted otra vez, y de nuevo con una cama de esas! Esta vez le voy a ofrecer mucho menos. La cama anterior, si no es por un tipo excéntrico que la compró, creo que todavía la tendría por aquí― me dijo confundiéndose con quien se la había vendido. Me ofreció un precio tan irrisorio que, decidí, por último, llevársela de obsequio a mi amigo sueco Sven Ake.


Cuando la vio se puso feliz. Me explicó que hacía tiempo no observaba algo tan especial. El mismo día se la ayudé a armar y me fui contento a casa, después de desechar una invitación a comer de Sven.


La última vez que vi a mi amigo el sueco, hace poco tiempo, me pareció verlo un poco flaco y moreno. Me miró con unos ojos más perspicaces de los que hacía memoria y me preguntó: 


―¿Por qué llevas tanto tiempo sin ir al restaurante?