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1. Por: Ya se oirán las sirenas cantándole a mi gloria La fuerza del viento me hace sentir la textura de mis ropas. Las dibuja enteras al tacto de mi carne. Ciento setenta millas por hora. Diez más que la última noche. Luz intermitente en contra. Porque la vida no vale nada. ¡Qué asco! Pueden irse todos al infierno. El poder está en mi corcel de plata. La rueda pegada al horizonte. Luz en la cara. Ruido de vidrios. Bang. Uno más, ¿o debería mejor decir uno menos? La lista es larga. Oscuridad. Ya se oirán las sirenas cantándole a mi gloria. Nochebuena. Buena noche. Ciento ochenta millas por hora. Corro contra la marea para encontrarme de frente con el destino. Más y más rápido para ver si llego primero. La velocidad es ir en contravía. Poner a competir el corazón con la aguja y con el Big Ben, el big bang, que nunca duerme. Al principio fue la luz. Que vengan ahora los cristales rotos, el último estertor, el esperado. Eso es todo por lo que vivo. Otro fantasma que recorre el mundo, pero al revés. Abro la visera, el viento en mi cara, no puedo respirar. A un paso de la muerte o mejor, a una nariz. Luz en la cara. Ruido de vidrios. Bang. Otro más. Me llaman el Ángel Negro. Ángel de la Noche. Ángel Caído. Pero soy el único que permanece intacto. Soy la apología de Aquiles. Velocidad u oxígeno, para mí es lo mismo. Iré muy rápido, pero mi sombra no quedará en el olvido. Cuando me encuentre de frente con la muerte. Sólo así quiero topármela. Mirarla directo a los ojos. Desaparecer por sus cuencas vacías. No me tocará la guadaña. Seré yo quien la toque. Le daré sentido a su existencia y fin a su sentido. Muero por verla de frente. Por recorrer su filo, milímetro a milímetro. Luz en la cara. Ruido de vidrios. Bang. Esta noche, las estrellas pasan más rápido. ¿En cuál constelación estamos? No lo sé, no me importa. ¿Qué son las constelaciones? Por mí puede el mundo entero ahogarse en su sangre. ¡Qué me importa la ebriedad de mis alocuciones! Dejad que vengan a mí las golondrinas, pues el camino de ellas es siempre de retorno. Un camino que ya tengo empezado y del cual aún no me repongo. Quiero ver lo que de ahí sale.
Ser testigo de cada una de sus bajas. Luz en la cara. Ruido de vidrios. Bang. Y otro más u otros más. Eso qué importa. Ahora me escondo en mi guarida. A conmemorar otra derrota. Llego. No puedo dormir. Prendo la tele: “El Ángel Negro ataca una vez más. Los tres accidentes en el periférico de París han dejado un saldo de ocho muertos. El alcalde de la ciudad ofrece una recompensa de treinta mil euros a quien pueda dar detalles sobre su identidad”. Bang. Bang. Salud. Y desenfreno.
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2. La neveraDespués de recibir la noticia Amanda brillaba con luz propia. Era tal su dicha que sonreía sin darse cuenta. Había decidido caminar por el pequeño pueblo construido en piedra, coral, adoquín y arenisca roja, réplica de una aldea mediterránea del siglo XVI, donde cursaba su último año de diseño de modas. Todavía no podía creerlo. La suerte estaba de su lado: lograría realizar el sueño de su vida. Su corazón palpitaba con fuerza y sentía que se elevaba a cada paso. Sin percatarse llegó a la entrada del torreón. Allí solía ir para pensar o tomar decisiones. Caminó los veinte pasos que la separaban de la orilla y se paró en el centro del mirador, apoyando las manos sobre la baranda de hierro que le llegaba a la cintura. Desde allí respiró profundo como queriendo aspirar toda la belleza del río Chavón, que se le ofrecía en lo más profundo del acantilado. Cuando dejó de soñar con su futuro pensó que debían de ser más de las seis. Ya no se veía sino una delgada línea del sol. Caminó de regreso a su apartamento, dentro del complejo de residencias para estudiantes de la escuela de diseño. Por el camino, en una de las terrazas de los restaurantes, se encontró con un alemán que había conocido unos días atrás. Era un artista del programa de intercambio que estaba recién llegado al país. Se llamaba Marcus, era fotógrafo y muy atractivo. La invitó a una copa y Amanda aceptó encantada. Le pareció buena idea tener alguien con quién compartir la noticia. Se encendieron los faroles del pueblo dándole un tono romántico a la noche. Amanda y Marcus iban por el segundo dry martini. La conversación estaba muy animada y la felicidad de Amanda crecía con los efectos del alcohol. Habían hablado de pasiones compartidas: viajes, cine, literatura, música. El tema se volcó hacia uno de los favoritos de Marcus: la cocina. Hicieron un recorrido gastronómico que les despertó el apetito. Eso fue justo durante el último trago de su tercera copa. A esas alturas Amanda podía cometer cualquier locura. Marcus le dijo que en su apartamento tenía todos los ingredientes para preparar uno de sus platillos favoritos y que sólo faltaba ella para que la cena fuera perfecta. Entre risas y charla caminaron las pocas calles que los separaban del apartamento de Marcus. Una vez allí Amanda no pudo rechazar un nuevo dry martini. Brindaron otra vez para celebrar que ella trabajaría como pasante en una de las casas de moda más prestigiosas del mundo. Marcus preparaba los ingredientes de la cena en la cocina, separado de Amanda sólo por una barra. Cuando iba a terminar el trago Amanda se sintió mal y se recostó en el sofá. Marcus siguió concentrado en su labor. Tres horas después Marcus dejaba los cubiertos sobre el plato vacío y eructaba el sabor dulzón del delicioso hígado sazonado con dry martini. Ahora la alegría era de Marcus. Prendió un cigarrillo y con una sonrisa dibujada en la boca pensó si tendría suficiente espacio en la nevera para acomodar todas las bolsas.
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